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Aracely R. Robustillo

macondo en el retrovisor

Aracely R. Robustillo

Periodista

Cimientos

Ser mujer nos pone una diana en la frente de la que ni atuendos ni leyes parecen poder protegernos

Hace poco tuve una conversación con mi sobrina, que tiene 17 años y es un bombón, de la que me avergüenzo profundamente. Le explicaba por qué es importante tener en cuenta cómo pueden interpretar ciertas maneras de vestir algunos enfermos ahí fuera. Y mientras una parte de mí se indignaba conmigo misma por lo que le estaba diciendo, otra, justificaba que era necesario para protegerla, más allá de principios y libertades. 

Y una vez más me entristeció ese lastre con el que cargamos desde pequeñas, de que el mero hecho de ser mujer, nos pone una diana en la frente, de la que ni atuendos ni leyes parecen poder protegernos. Estos días me ha traído a la memoria aquella charla la nueva polémica acerca de ‘Solo sí es sí’, la legislación sobre consentimiento sexual que nació a raíz del primer caso de ‘La manada’ en nuestro país, y que ahora, paradójicamente, está sacando a depredadores sexuales de las cárceles. 

Pero ni siquiera voy a entrar en el debate, porque me parece, que para salir del lodo en el que nos encontramos, hay que excavar mucho más hondo. Dicen los que defienden la medida, que el problema está en la interpretación de la misma por parte de los jueces. Que es el sesgo machista, tan arraigado en nuestra sociedad, el que les lleva a encontrar los agujeros por los que se están colando las rebajas de las penas. El mismo, seguramente, que subconscientemente me llevó a mí, una mujer supuestamente feminista y liberada, a decirle a una niña a la que adoro que enseñar más de la cuenta le puede traer problemas. 

Contar con herramientas legales que ponderen el consentimiento como clave a la hora de valorar un delito sexual es importante, pero no es más que el tejado de la casa. Una, en la que los cimientos se tambalean desde hace tiempo, y precisamente son esos los que deberíamos revisar y apuntalar con fuerza, para que nuestra sociedad no se vaya a la mierda, como diría el gran Fernando Fernán Gómez. 

Porque tan necesario es ponerle freno al problema, como prevenirlo. Si tiramos de datos, asusta comprobar cómo en los últimos diez años los delitos contra la libertad sexual se han incrementado paulatinamente (hasta 2.500 más) y la franja de edad más habitual de los detenidos o investigados está entre los 18 a los 30 años.

Detrás de los números, una vez más, la ignorancia. La falta de una educación sexual sana y normalizada hace que la mayoría de los menores se inicien en la materia a través de la pornografía. El fácil acceso a la misma a través de internet, el bajo o nulo coste del material y la posibilidad de acceder a él desde el anonimato, hace que su consumo esté cada vez más extendido.  

Tanto, que un estudio realizado el año pasado sobre una muestra de 2.500 jóvenes de entre 16 y 19 años indica que al menos uno de cada cuatro varones se inició en el uso de pornografía antes de los 13, y algunos de ellos confesaron haberse ‘encontrado’ con este tipo de contenidos en edades tan tempranas como los 8. Mientras, la edad media de consumo en mujeres es a los 16.

La investigación, elaborada por la Red Jóvenes e Inclusión Social y la Universitat de Illes Baleares, con encuestas en siete comunidades autónomas, advierte de que esto puede llevar al incremento de conductas de riesgo tales como coitos sin preservativo o al intento de sexo en grupo y/o con desconocidos. 

Otros expertos añaden otras consecuencias nocivas, como el deterioro de las relaciones interpersonales; el aumento de la inclinación a cosificar la figura femenina y a incurrir en los estereotipos de género; desarrollo de actitudes permisivas, así como la instrumentalización de la sexualidad. 

Con este caldo de cultivo es fácil entender la importancia de atajar el problema apuntando a la raíz. Y para ello, también es clave dejar de ver la situación como una guerra de sexos. Debemos educar a mujeres y hombres para que entiendan la importancia de algo tan simple como es respetar los deseos del otro. 

Esta no debería ser la lucha de las mujeres para no sentirse ‘presas’ a batir; también sus padres, sus hermanos, sus hijos o sus amigos, tendrían que pensar cuál puede ser su parte en facilitar que ellas puedan salir a la calle sin miedo y sin pensar que la ropa que elijan una noche pueda ser la justificación de que alguien las viole o las juzgue.

*Periodista

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