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Pilar Galán Rodríguez

Jueves sociales

Pilar Galán Rodríguez

De qué callada manera

En mi casa, cuando era pequeña, la banda sonora la decidían mis padres y en segundo lugar, mis hermanos, los mayores, por supuesto. Entonces los pequeños no pintaban nada. 

Gracias a ello, me crie en un batiburrillo de cintas de casete que tan pronto inundaban la mañana con las coplas de Rocío Jurado y sus pasiones para mí incomprensibles entonces, como cortaban la tarde lluviosa con el filo de los versos de Machado, el poeta preferido de mi padre, que nos hablaban de otro tipo de pasiones, las de Alvargonzález, dueño de mediana hacienda. 

"Escuchar a Pablo no debe ser solo un acto de nostalgia, sino de nuevo un propósito de enmienda

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A fuerza de escucharlo, llegué a aprenderme de memoria las desgracias de la tierra y las herencias y las peleas entre hermanos, que se mezclaban con otros poemas cantados por Serrat (murió don Guido, un señor), que se repetían día tras día, como metáfora fehaciente del camino, la vida y las estelas en la mar. 

No todo era literatura ni coplas desgarradas. En mi casa también se escuchaba a Waldo de los Ríos, Richard Clayderman, mucha música clásica y algunas adaptaciones que se pusieron muy de moda aquellos años. Luego, estaba la música de mis hermanos mayores. 

Crecí entre cintas y elepés de Supertramp, Pink Floyd, M. Oldfield, Alan Parson, Gwendal, E. Clapton, y otros muchos que nos hicieron madurar a los pequeños y convertirnos en raros expertos delante de los amigos. 

Además estaban Aute, Ana Belén y Víctor Manuel, La Mandrágora, Víctor Jara, Silvio y, cómo no, Pablo Milanés. Las mañanas de limpieza de los sábados pasaban entre Te recuerdo, Amanda, Yo no te pido que me bajes una estrella azul, De qué callada manera o Proposiciones. 

Con ese bagaje de cintas enrolladas con bolígrafos bic, y la mezcolanza de cantautores y amores de copla, aterricé en Cáceres para estudiar la carrera. 

Aquí encontré a otras amigas con las que escuchaba como si fuera un himno El breve instante en que no estás, como si fuera a ser verdad que preferíamos compartir al amor de entonces que perderlo, o como si quisiéramos refugiarnos de los desamores en canciones como Para vivir, creyendo, ilusas, que el tiempo se haría cargo del fin, y aprenderíamos a sobrellevar las pérdidas. 

Ahora que ha muerto Pablo Milanés, como murió hace ya tiempo Rocío Jurado, y Serrat se despide de los escenarios, y quedan en pie muy pocos de la banda sonora de mi juventud e infancia, volver a su voz, mucho más nítida ahora que en aquellas cintas rebobinadas una y otra vez, es un consuelo, un alivio, pero también un aldabonazo. Porque el tiempo pasa. Nos vamos poniendo viejos. Yo el amor no lo reflejo como ayer. En cada conversación, cada beso cada abrazo, se impone siempre un pedazo de razón. 

Escuchar ahora a Pablo, hoy mismo, no debe ser solo un acto de nostalgia, sino de nuevo un propósito de enmienda, una revolución posible antes de llegar a esa tremenda armonía que nos ponga viejos los corazones, ya tan cansados pero aún listos para dejarse invadir de qué callada manera, como si fuera la primavera, sin ser tanto.

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