Opinión | parece una tontería
Los idiotas
Insultar es un trabajo que lleva todo el día. Cuando te acostumbras, ya no quieres hacer otra cosa
La idiotez adquirió un inesperado prestigio, no exento de patetismo. Pasó de ser vergonzosa y tétrica a útil, casi alegre. Apenas quedan idioteces al azar, espontáneas, achacables a un desliz, que dices y al instante te llevas la mano a la boca, reprochándote «Pero qué he dicho. Me quiero morir». Ahora una idiotez es el resultado de un cálculo que te llena de orgullo. En organizaciones como Vox, y para sus acólitos, es el equivalente al viejo merchandising, una genialidad, polvos mágicos. Cada vez que vemos a alguien incurrir en una orgullosa tontería, y pensamos legítimamente «¿Pero este tío es normal?», resulta que está cosechando un pequeño éxito. Durante todo el día, y a lo mejor durante un par de jornadas, consigue que no se hable de otra cosa. Una buena idiotez es oro para ellos. Dicho esto, la idiotez posee una segunda ventaja: sirve para identificar a un idiota.
Pero cuando dices muchas idioteces, de tal forma que ya no dices otra cosa, la idiotez empieza a sentirse sola, vacía, triste. Así que se lanza a la búsqueda desesperada de compañía. Y encuentra al insulto. Para insultar hay que valer. Esto se advierte muy bien con los de Vox. Para empezar, solo hay que valer para eso. Es más fácil que razonar. Además, si eres de Vox, no sabes razonar; recordemos que vienes de la idiotez.
Insultar es un trabajo que lleva todo el día. Cuando te acostumbras, ya no quieres hacer otra cosa. A veces hay que poner el despertador para empezar la tarea al alba, y así insultar antes que nadie, y más alto y más ordinariamente. No hay tiempo que perder. Es la vida atropellada. Tienes tantas injurias en la cabeza, y tantas idioteces y mentiras acumuladas unas sobre otras, que te levantas pronto para darles salida, muy estresado ya. No te guardas nada. Insultas al aire. Y aun así, no insultas todo lo que te gustaría.
Muchas noches, cuando al fin se acaba la jornada, es normal que te sientas afortunado y creas que has nacido para esto. Te dan pena aquellos que para salir adelante deben recurrir a la decencia, a la inteligencia, al sentido común -¡el sentido común es una estafa!- o a la genialidad, si están verdaderamente desesperados. Menudos idiotas, piensas. Porque, evidentemente, un idiota de verdad siempre va a creer que los idiotas son los listos.
Insultar es una obra que nunca está hecha. Insultas e insultas y no dejas de insultar, y siempre resta toda por hacer. Si no insultases, te morirías de no insultar, porque te reventarían los agravios por dentro y te envenenarían. Ultrajas por salud, porque amas el odio y porque los que no piensan como tú son unos blandos, si no unos putos subnormales de izquierda. ¿Problema del insulto? Alcanzado un límite, empieza a sentirse solo, vacío, triste. Y se lanza a la búsqueda de compañía: ahí encuentra a la violencia. Porque en vista de que mucha gente, a pesar de que la denigras sigue tal cual, aferrada a la educación y la convivencia, solo te queda una salida: darle unas hostias con hombría.
*Escritor
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