Recientemente, en un acto sobre igualdad, una de las ponentes, refiriéndose a los actos con motivo del 25 de noviembre, se refirió a que nunca hay que celebrarlos, sino conmemorarlos. Es decir, recordamos con nuestras protestas en calles, aulas, puestos de trabajo, instituciones… que es totalmente insoportable esta perpetuación de una situación que cada día que pasa nos causa un mayor rechazo colectivo y un total desprecio hacia sus promotores, defensores o justificadores. Viene además a colación porque lamentablemente a la suma de atentados hacia las mujeres se han reiterado varios casos más de violencia política con mensajes que deterioran seriamente una convivencia en igualdad.

Algunos de ellos tan graves como que se han ejecutado en lo que coloquialmente solemos denominar “ el templo de la palabra”. Es decir, en el Parlamento. Otros, porque han conducido, a través de supuestas campañas de defensa de la mujer, a seguir poniendo el foco en la víctima, en lugar de en el agresor.

Es en este momento en el que recuerdo un mensaje que trasladó Franco ( citado por varios historiadores) para sugerir a las mujeres que no provocaran a los hombres y a la vez para reivindicar una hombría basada en la superioridad física. Decía algo así como que « en el camino de Dios tengamos hombres con más coraje y mujeres con menos carmines».

Se necesitan hombres con más coraje para impedir la agresión física contra sus compañeras

Y sí, cierto es que hoy en día se necesitan hombres con más coraje. Más coraje para impedir que la agresión física contra sus compañeras se produzca. Más coraje para silenciar comentarios que perpetúan la desigualdad o que denigran la conciencia personal de quienes se encuentran más próximas a nosotros. Más coraje para comprender que es precisamente la desigualdad, en todos los sentidos, la que produce situaciones que, más allá de la incomodidad en el trato, conducen a una violencia cada vez menos silenciosa. Más coraje para admitir que la elección de comportamientos ante la sexualidad, la diversidad en la utilización de aderezos a la hora de vestirnos, tatuarnos, ponernos un piercing… no puede nunca ser estigmatizantes ni tampoco limitar ninguna oportunidad que vaya más allá del mérito individual.

Necesitamos, en definitiva, hombres con más coraje, para parar, para mandar callar, para alzar la voz cuando proceda, siempre que alguien sea atacada, vilipendiada, cuestionada por su orientación o por su condición sexual. Ni menos carmines, ni hombres con un coraje mal utilizado. 

* El autor es profesor