Cada poco tiempo salta a los medios una trifulca a raíz de una declaración intempestiva o un chiste sobre discapacitados. Aun siendo padre de un niño con síndrome de Down, intento minimizar estos asuntos. Tal vez no sea distinguido que un humorista ponga en el centro de sus chistes a una persona con discapacidad, pero a priori no creo que esta persona tenga algo contra los discapacitados, de igual manera que cuando se cuenta un chiste sobre gitanos o leperos no suele haber inquina contra estos. El objetivo es hacer reír, no hacer daño. 

Un caso muy diferente lo hemos conocido días atrás en ABC. Resulta que dos docentes han sido llevadas a juicio por vejar a niños con síndrome de Down en el colegio en que trabajaban, donde, por cierto, me consta que cuidan a los pequeños con entrega y amor exquisitos. Las frases y los adjetivos que reproduce el citado diario no dejan lugar a dudas: «Sois unos mierdas», «gilipollas», «atontados», «bobos», por no hablar de las amenazas de agresión. 

Los hechos ocurrieron en 2019, y se supo lo que ocurría gracias a que unos padres, muy preocupados por la deriva emocional de su retoño, introdujeron una grabadora en de un osito de peluche. Las dos profesoras maltratadoras se enfrentan ahora a penas de cárcel. El asunto no puede ser más doloroso. Precisamente quienes han sido contratados para cuidar y formar a estos niños, para ayudarles a ser felices, son quienes atentan contra su dignidad, provocándole daños emocionales quizá irreparables.

Además de malvadas, estas dos profesoras son cobardes por cebarse con niños indefensos e inocentes, de natural cariñoso. 

Los discapacitados importan, como cualquier colectivo, en una sociedad que se precie de ser sana. Por salud mental quiero pensar –y lo pienso de veras– que somos un país saludable, y que estas dos docentes son la excepción, fruta podrida que debería terminar en la cárcel. 

*Escritor