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Fernando Valbuena

A la intemperie

Fernando Valbuena

Palabras al ras

Los bancos son sus muelles de atraque, su única geografía, la única que quiere recordar

Palabras al ras. Ilustración: Juan José Ventura.

En una lata guarda palabras con tara. Una lata azul algo oxidada. No mucho, una mijina. Las escribe en los papeles que le salen al paso y las duerme en una lata azul de Nivea. Azul como los cielos. Azul turquí, piensa. Saca un papel y escribe: turquí. Sonríe. Y mira a izquierda y derecha. No le gusta que le vean sonreír a lo bobo. Es pobre, no bobo. Pobre de solemnidad. Pobre con tara. En verdad, no una, sino muchas. Muchas taras, las unas sobre las otras. Quizá por eso coleccione palabras con tara. Y vuelve a sonreír.

Lo suyo son los bancos. No está para escalones. Los bancos son sus muelles de atraque, su única geografía, la única que quiere recordar. De puerto en puerto. Solo. Solo no, con Marisa. Marisa es su perra. Una perra fea. Y coja. Cuando se cruzaron por vez primera supo, sin que nadie se lo dijera, que se llamaba Marisa. Le recordaba a la Tumbacristos, que también se llamaba Marisa y tampoco era suya, que era de otro. Le decían la Tumbacristos porque los pechos le arrancaban de tan alto y con tanta fuerza que el Cristo iba, más que colgado, cómodamente tumbado sobre la cruz… Hace mucho que murió. La Tumbacristos, no Cristo. Murió el día que le puso la maleta en la puerta. Murió porque la olvidó, pero cuando se le apareció la perra hubo algo en ella que le levantó a la Tumbacristos de su ataúd de olvido. Fea y coja, como la Tumbacristos, pensó. Una perra con tara. Cuatro cucamonas bastaron para que se fueran a dormir juntos al banco más oscuro. De eso pronto hará dos años y aún duermen juntos el sueño de vivir.

Al ras. Pordiosero, que no bobo. Al menos, eso piensa entre tanto petimetre. Anota, petimetre. ¡A la lata! Palabras con tara. Compañeras en el fárrago de vivir. Anota, fárrago. Y también biruji, que al alba viene el viento de helor preñado. Así hasta que llena la lata. Así mientras hurga con disimulo en las basuras al rebusco de otra lata que llenar de palabras al ras. Están mal las basuras, no siempre aparecen latas… Y en eso se clisa al sol de la media tarde, tan de repente que se le olvida anotar palabro tan bello. Clisar, del griego ekleipsis. Verbo reflexivo. El abandono, la duermevela… El instante en que alguien le birló la lata.

Agazapados, lloran lluvia bajo el Arco del Cristo

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Estuvo un tiempo preocupado por la suerte de sus palabras con tara. Palabras en desuso, sin paga ni pensión, desahuciadas del habla, palabras al ras… Vivir al ras… Al ras desde que aquella perra que mal malhaya le pusiera la maleta en la calle. «De esta no levantamos cabeza, Marisa», dice mientras la perra y él se acarician. ¿Qué habrá sido de la Tumbacristos? Se quedó con sus libros y con su Parker 51. Ahora escribe con lápiz en papeles que le trae el viento. Siempre hay perros que les ladren… A Marisa y a él. Porque son pobres. Y les cuelgan los churretes. Y tienen tara. Porque salió cruz y viven desahuciados de vivir con otros. Porque viven al ras. Porque son perros. Dos perros al ras…

Calle abajo los dos. En Cáceres la calle Gloria va a morir en la calle Amargura. Y, de allí, rodando, hasta el río, el río que todo lo arrastra, todo menos los maderos de su cruz… Van y vienen, que no hay bancos en el adarve. Van y vienen, que va siendo hora de la sopa boba… ¿Qué habrá sido de sus palabras? Llueve. Agazapados lloran lluvia bajo el Arco del Cristo. En el número dos dan de comer las monjas. También come Marisa. ¿Qué será de mí el día que me falte Marisa? ¿Qué será de Marisa el día que le falte yo? Calle arriba. «Ayer dejaron esta lata para ti» y la monja le da una lata de Nivea algo oxidada. La abre. Está vacía. Se alegra. Nunca le gustó acumular propiedades. Salvo aquella Parker 51, ¡concho!

*Abogado

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