Opinión | Zona Zero
Meadas
¿Por qué un ciudadano micciona en la zona histórica, degradándola a ella y a sí mismo?

Un hombre orinando en una zona monumental de Reino Unido. / NIGEL RODDIS
La noche había estado repleta de alegrías, compras, y olores narcotizantes a dulces de miel, a castañas asadas, a ese perfume que destilan los días de adviento y que a veces toma forma de bombón de licor. Cáceres tiene ese encanto de ciudad pequeña, hecha a medida del hombre, con su Estrella de la Ilusión en el centro de la plaza, centelleante y escenario de cualquier selfi que se precie. Después de ese momento enervante para los sentidos llegó otra excitación sensorial, en este caso negativa, cuando recorrí la calle Mario Roso de Luna.
De pronto, en el suelo había un reguero de líquidos. Pensé que serían aguas de las últimas lluvias, pero el sábado fue un extraño paréntesis entre borrascas. Pronto mis fosas nasales se hacían eco de la pestilencia que apuntaba al origen de esos regatos improvisados en el centro de la ciudad. Un río –no puedo calificarlo de otra manera por su volumen- salía de la calle Pizarro y doblaba la esquina para caer por causa de la pendiente hasta el principio de la calle Roso de Luna. Se trataba un olor taladrante, ácido, indescriptible, que solo se puede explicar si sabemos que el origen de las meadas proviene de abrevar alcohol por parte de mil demonios.
Todo ello abre en mi corazón prenavideño un sinfín de preguntas. ¿Qué es lo que impele a un ser humano orinar en la calle? ¿Qué es lo que lleva a mingitar allí donde está bebiendo en la oscura madrugada? ¿Por qué un habitante de la ciudad micciona en la zona histórica, degradándola a ella y a sí mismo? No entiendo a quién se le enciende la bombilla y decide hacer esa guarrada, encima habiendo bares con cuartos de baño a cada lado de la calle. Lo cuento hoy en estas líneas, imagino que como ocurrió en el caso de los pasos de peatones de mi barrio todo quedará en agua de borrajas. Una pena.
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