Opinión | Espectráculo

Hombre solo

Es este un libro de Eduardo Moga con muchos niveles de lectura: trata de algo tan universal como el desamor

Hace un par de semanas se presentó en Madrid el poemario Hombre solo, de Eduardo Moga, al que acompañaba el escritor extremeño José Antonio Llera, profesor en la Universidad Autónoma. Me habría gustado asistir y acompañar a estos dos buenos amigos y grandes poetas, pero Cáceres no está tan cerca de Madrid como podría estarlo, de hecho cada vez se va alejando más, por los nefastos horarios tanto de autobuses como de trenes (que el otro día sorprendían a un compañero llegado hace poco de Andalucía; los de aquí ya nos hemos acostumbrado, aunque no resignado).

El libro, publicado por la editorial Huerga & Fierro en su selecta colección Rayo Azul, fue naciendo de una circunstancia tan dolorosa como la separación de su autor, tras más de tres décadas de matrimonio, de la que había sido su mujer. Una pena, para los que conocemos a ambos. También porque con ello, Moga ha perdido el que era su principal punto de anclaje con nuestra región, ya que su esposa era de orígenes extremeños, y con frecuencia pasaban temporadas en la casa que tenían en el hermoso pueblo de Hoyos, en la Sierra de Gata. Esa etapa extremeña, para el escritor barcelonés, quedó atrás, pero ahí queda su magnífica labor como director de la Editora Regional de Extremadura y dos de los mejores libros que a mi juicio se han publicado sobre nuestra región: el poemario El desierto verde y los diarios recogidos en El paraíso difícil

Hombre solo se divide en ocho secciones, en los cuales domina el poema largo, como conviene al desahogo del hombre herido y enfrentado a su soledad, desconcertado ante una pérdida inesperada, que arrasa sus referentes habituales. “El dolor me dice”, confiesa, en medio de un vacío que va ocupándolo todo, como se expresa en el magistral poema “Pero no hay nada”, cuyo estribillo se repite tras las decenas de acciones que se llevan a cabo pese a su esterilidad. La raigambre existencialista de la poesía de Moga se acendra aún más, observándose a sí mismo como “una criatura asfixiada por el tiempo, deshecha de ser, y, aún así, deseosa de remar en el río tenebroso”, y poco a poco va identificado ese dolor con el saber, y hasta a acostumbrarse a su ingrata compañía.

Quizás la sección más lograda, de un poemario en conjunto muy notable (no por nada fue finalista del Premio Nacional de Poesía) sea la tercera, “Poemas matrimoniales y otras perturbaciones”, y dentro de él su “Autobiografía sentimental” y sus “Dos poemas fantasmales”, uno dedicado a su perdida esposa, otra a la mujer que fue esperanzapronto aplastada por las circunstancias adversas, y a la que se dirige, con melancolía y algo de reproche dolorido: “Te me mueres sin haberte vivido”.  

Es este un libro con muchos niveles de lectura: trata de algo tan universal como el desamor, y a la vez es el más autobiográfico de los libros de Moga. El nombre de la esposa que lo abandonó, Ángeles, se convierte en simbólico: “Es inútil decir, / porque ya no hay ángeles”. El único consuelo, se nos viene decir en “Soy un hombre que escribe” ha sido el escribir, lo único que puede ayudarlo a recomponer una identidad cuyos cimientos se han disuelto.

Para colmo de males, la separación del autor coincidió con la muerte de su madre, después de una prolongada agonía de la que, como hijo único y ya huérfano de padre, fue el único testigo y apoyo. A la “mater dolorosa” se le dedica la sexta sección del libro, compuesta por tres poemas que reflejan al hijo conmovido al recordar cómo su madre “aún pronuncia mi nombre. / Y, cuando lo hace, sonríe”. La última sección del libro, “Ventajas e inconvenientes del suicidio”, en un tono muy distinto de humor negro, pese a la alarma que suscitó en no pocos amigos cuando lo publicó en su blog, anticipa una cierta liberación y distanciamiento del duelo.

*Escritor

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