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Mario Martín Gijón

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Mario Martín Gijón

Castellanías

Es curioso que en España, el país de mayor variedad paisajística en Europa, la gente suela ser tan indiferente al paisaje

Es curioso que en España, el país de mayor variedad paisajística en Europa, la gente suela ser tan indiferente al paisaje. Así lo muestra la historia de nuestra pintura, que ha destacado por sus retratos (de reyes a mendigos, de santos a seres deformes) pero en la que el paisaje está casi ausente. Bodegones sí, con sabrosos alimentos en primer plano, pero nada comparable a la pintura de paisajes holandesa, inglesa o incluso rusa. Y casi lo mismo para la literatura. Recuerdo cómo en la carrera tuvimos que leernos la novela Peñas arriba (1895), de José María de Pereda, ambientada en la Montaña cántabra. Más que peñas, convinimos casi todos, la novela era un peñazo y, por mi parte, esa prosa de cartón piedra no me evocó para nada los impresionantes parajes que descubrí unos años antes en un viaje con mi padre.

Curiosamente, ha sido el paisaje castellano, para mí mucho más anodino que el extremeño (en especial el de la provincia de Cáceres, de sus dehesas en el sur a sus valles y cumbres en el norte), el que ha tenido mayor fortuna literaria. Ya se sabe que la meseta y esas tierras de secano fueron puestas en valor por los escritores de la generación del 98, de los cuales, por cierto, ninguno era castellano, como el sevillano Antonio Machado, con Campos de Castilla, oel alicantino José Martínez Ruiz, más conocido como Azorín, con Castilla, entre otras obras.

Es en estos últimos autor y obra en los que pensaba al leer el libro Liturgia de los días. Un breviario de Castilla, del también alicantino José Antonio Martínez Climent, publicado por la editorial Krk en su exquisita colección “Tras 3 Letras”, y con prólogo de Victoria Cirlot. La peculiarísima obra está formada por doce cartas que envía el autor, cuya profesión es la de ornitólogo, a un anónimo destinatario de quien ha visto una conferencia por internet.

Después de una trayectoria que lo llevó durante varios años a estudiar las aves en Finlandia, el autor de estas cartas, tras pasar por una grave enfermedad, se ha retirado a una casa en la comarca del Cerrato, donde lleva una vida contemplativa pero llena de riqueza por su conocimiento de plantas y aves. Así, distingue el canto de pinzones, mirlos o verdecillos, y la llegada de los milanos negros le anuncia el cambio de estación. Una vida marcada por ritmos naturales que lo acerca a la de los monjes del Císter, que edificaron el importante monasterio de Santa María de Palazuelos, junto a un pueblo hoy ya deshabitado, y desde la cual se lamenta que “apenas nadie quiere trabajar la tierra en Castilla”, y menos aún esos jóvenes absortos en las pantallas del móvil y sin interés por nada de lo que a él lo apasiona, que es observar la vida de las aves o también de los tranquilos habitantes de Valoria la Buena o Cubillas de Santa Marta, todo ello narrado con una prosa tan precisa como envolvente, con alguna deuda hacia Juan Benet, pero intensamente original. Si el topónimo de Cerrato (por cierto muy común en Don Benito) viene de cerros, son estas pequeñas alturas las que permiten al autor divisar las incontables perspectivas que suelen tener chopos, ondulaciones de cereal, y al fondo el Pisuerga o el Canal de Castilla, una obra que, al contrario que otras, fue respetuosa y hasta amorosa del paisaje en el que se integró.

Y es que sin duda el desdén por el paisaje y un cierto barbarismo de nuevo rico ha estado detrás de la forma en que se destruyó el litoral mediterráneo, como está en el entusiasmo con el que se acogen proyectos tan mastodónticos e improbables como el de Elysium City, que hace pensar en que los extraterrestres van a aterrizar junto al Cijara, o que ahora copiamos el estilo árabe, pero no el de la Alhambra o la Alcazaba de Badajoz, sino los delirios de aluminio de Dubái y New Murabba.

*Escritor

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