Opinión | La curiosa impertinente

Confesiones sobre la antipatía

Mi tío Antonio Luis, hermano de mi abuela materna, viuda de guerra con tres hijos minúsculos y que pasó terribles penalidades como tantas heroínas de la época, fue hombre de creencias firmes, genio terrible y gran emotividad. Recuerdo nítidamente sus grandes y expresivos ojos azules, su buen humor siempre que lo visitábamos ya muy mayor, en su acogedora casa de Murcia,y el enorme respeto mezclado con temor y veneración que le profesaba mi madre. Tendría muchos principios inamovibles que yo no recuerdo y también opiniones que solo eran eso, como por ejemplo que, según ella, para él la simpatía no era una virtud. Algo que en mi corta edad me sorprendía, pues, por ejemplo, su hermano Agustín, aquejado de artrosis y al que en mi infancia recuerdo siempre con muletas, era extraordinariamente simpático. Y eso que la vida había sido muy dura con él. Yo nunca terminé de entenderlo porque Antonio Luis, cuando le daba la gana, era muy simpático y cariñoso. Hoy he empezado a hacerlo.

El DRAE define simpatía como el modo de ser de una persona que la hace ser agradable para los demás, por tanto sería una cualidad objetiva. Sin embargo, hay personas, simpáticas o no, que por lo que sea, chocan con nuestro yo más íntimo. Una, por ejemplo, está dispuesta a admitir que Bertín sea simpático en el sentido general del término, pero no lo soporta. Lo mismo que reconoce la antipatía como la característica fundamental de Risto Mejide. El Papa Francisco es antipático sin remedio, pese a su santidad y Sánchez puede ejercer como encantador de serpientes y es evidente que despierta encendidas simpatías en Europa a izquierda y derecha, pero para una es insufrible. Feijóo es serio y fiable, pero no lo definiría como simpático. Y ahí es cuando entiendo a mi tío. Con que sea creíble, eficiente y leal a la Constitución me conformo. Una última confesión. El personaje más antipático de la actual política española, probablemente sea Patxi López, compendio de matonismo y desfachatez. Porque es que el hombre cada vez que habla parece que escupe. No me digan que no. 

* Profesora 

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