Espectráculo

Kunderiana

El nombre Milan Kundera pasará a engrosar la lista de los escritores desdeñados por los señores de Estocolmo 

Mario Martín Gijón

Mario Martín Gijón

El pasado martes falleció, a los 94 años, el escritor checo Milan Kundera (Brno, 1929 – París, 2023), quien para mí, y para muchos, hubiera merecido recibir el Premio Nobel. Su nombre pasará a engrosar la lista de los escritores desdeñados por los señores de Estocolmo, lista seguramente más ilustre que la de los galardonados (de Borges a Bernhard, de Unamuno a Proust o Pessoa, de James Joyce a Virginia Woolf).

Leí mucho a Kundera en un tiempo, no ya de adolescente, sino en los primeros años de universidad. Por aquí anda mi ejemplar de La insoportable levedad del ser, que compré por 750 pesetas en Vicente Libros, aquel establecimiento regentado por un librero adusto y no precisamente simpático, pero con muy buen criterio, y donde yo me detenía muchas veces al volver de la facultad, aún situada en el edificio Valhondo. Por entonces había media docena de buenas librerías en Cáceres. Hoy hay dos, como mucho tres.

La mirada de Kundera, escéptica pero empática con sus personajes, sus excursos sobre asuntos filosóficos y, sobre todo, su manera de reflejar las relaciones personales, creo que influyeron mis inicios como escritor de ficción. Me gustaron, sobre todo, las novelas que aún escribió en checo, como los relatos del Libro de los amores ridículos o, sobre todo, La inmortalidad. La mayoría de esos libros los tomé prestados de la biblioteca, al contrario que algún escritor que he visto en redes sociales presumir de su kunderoteca.

Coincidencias de la vida, años después fui lector de español en su ciudad natal, aunque fuera de rebote, pues yo había pedido Varsovia. Me encantó la leyenda urbana que me contó mi compañero de departamento Daniel Vázquez, de que según se decía, Kundera a veces visitaba Brno de incógnito, para ver a un viejo amigo músico. Pero por mucha atención que prestara a los viandantes de cierta edad, no divisé a ninguno que pudiera ser Kundera. No tuve tanta suerte como mi amigo el escritor y periodistaJean-Louis Kuffer, que lo entrevistó a finales de los setenta, y que lo recuerda hablando con “la desgana de un boxeador pero la buena educación de un hombre honesto”, o como el comparatista neoyorquino John Raimo, con quien coincidí en Alemania, y que me habló de su memorable e inédita entrevistaa un Kundera ya muy anciano que, cuando apagó la grabadora, se animó contándole chismes, muchos de ellos picantes, de todo el mundillo literario parisino.

En Brno, me sorprendió que Kundera no fuera tan apreciado por muchos de sus compatriotas, que le reprochaban vivir en el extranjero y haberse pasado a la lengua francesa. En sus últimos años, sin embargo, el escritor se reconcilió con sus paisanos, y legó su archivo personal a la Biblioteca Nacional de Brno.

Creo que haber leído a Kundera hizo que los checos me resultaran desde el principio un pueblo familiar, con rasgos como la sencillez y la campechanía, y una encomiable carencia de clasismos. Como me dijo una vez uno, “somos un pueblo plebeyo”, pues la aristocracia, allí, había sido siempre alemana. Además, en el departamento de Romanística había un ambiente inmejorable y recuerdo con afecto a muchos compañeros (el mencionado Daniel, Ivo, Lenka) así como a su director, el catedrático Petr Kylousek, que a sus sesenta años no iba a la facultad en un cochazo sino en bici, aunque lloviera o nevara. 

Kundera, que siempre ensalzó a Cervantes y el Quijote, se quejaba de que cualquier checo culto conoce bastante de la literatura francesa, mientras que los franceses pueden creerse cultos aunque no sepan nada de las literaturas eslavas. Casi siempre es más incisiva, e interesante, la mirada desde la periferia al centro, que desde el centro a la periferia. En este tiempo de nuevos dogmatismos y censuras, es más necesario que nunca leer a Kundera. 

*Escritor

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