El Periódico Extremadura

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José Antonio Vega

Esta Europa mía, esta Europa nuestra

Hace casi setenta años, seis países europeos decidieron romper con siglos de hostilidades y crear un espacio de cooperación

Protestas contra la amnistía. EL PERIÓDICO

Los que creemos en una Unión Europea sólida y solidaria pensamos que su consolidación puede apuntalar nuestra economía y nuestro bienestar y, teniendo en cuenta la situación política por la que estamos atravesando, debe ser el dique que nos libre de las exigencias agresivas y asfixiantes de los secesionistas. En estos tiempos delicados es necesario, más que nunca, mirar a Europa. 

Hace casi setenta años, seis países europeos decidieron romper con siglos de hostilidades y crear un espacio de cooperación. Se pretendía sentar las bases de un territorio donde en el orden social reinase la paz, y en el orden económico imperasen los principios de libre circulación de personas, capitales y mercancías. Estos inicios mercantilistas sirvieron a la larga para remover la conciencia social de muchos europeos, que comenzaron a pensar en una unión más firme y solidaria. La puesta en práctica de esas ideas ha representado para Europa un largo periodo de paz y bienestar y, como me gusta recordar, volvimos a ser el centro del universo.

Pero, tras fecundos años de prosperidad, la soñada Europa de los ciudadanos no ha llegado a hacerse realidad. Una vez alcanzado cierto grado de bienestar, los países se han olvidado de los tiempos de penuria y algunos prefieren navegar por separado. Los movimientos populistas y nacionalistas, a los que la paz y el orden no les benefician, aprovechan para envenenar el espíritu europeo. Y, por si fuera poco, la Europa de los grandes líderes ha dado paso a ineficientes burócratas dirigidos por mediocres políticos. Como consecuencia, estamos perdiendo nuestro sitio en el mundo. El raquítico crecimiento económico, la titubeante política energética y la cada vez más difusa política exterior están llevando a muchos ciudadanos a decepcionarse con la Unión Europea. Y parece que a nivel oficial nadie se da cuenta de nuestros males, o al menos nadie levanta la voz para advertirlo.  

En la Europa de nuestros días, cuna del Derecho, es inconcebible que las fronteras interiores permitan dar cobijo a prófugos de la justicia con total impunidad. El sueño europeo de libertad y justicia percibe con tristeza cómo las estructuras europeas, articuladas sobre cimientos nacionalistas, no son capaces de dar respuesta a las necesidades judiciales de los Estados miembros. No se entiende que un prófugo de la justicia pueda someter y humillar a todo un Gobierno. Europa debe velar por que en todo su territorio impere el Estado de Derecho. El Parlamento Europeo ha anunciado que tratará la cuestión. Esperemos que su respuesta, meramente política, arroje luz.

No se entiende que un prófugo de la justicia pueda someter y humillar a todo un Gobierno

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Tampoco es admisible la (no) solución que se está dando a la cuestión migratoria. Hoy en Europa, tradicional tierra de derechos y acogida, unos países, agobiados por las migraciones, reivindican solidaridad, otros aceptan refugiados a regañadientes y los más levantan muros, todo bajo el argumento de que las fronteras abiertas supondrán la caída de Europa. Y los que piensan así en parte tienen razón. La llegada de inmigrantes no debe suponer un riesgo para el pluralismo y la democracia. Es necesario perfilar las acogidas, distinguir los que huyen de regímenes totalitarios de los que vienen a aprovecharse del Estado de bienestar y, sobre todo, no permitir que las mafias impongan su ley y hagan negocio a costa de los más vulnerables. 

Con unos líderes europeos inexpertos y sin prestigio, con una burocracia ineficiente, con unos nacionalismos egoístas y desbocados, con una emigración descontrolada y con una ciudadanía sin ilusión es difícil mirar el futuro con optimismo. Sin embargo, a pesar de los graves síntomas del enfermo, todavía hay quienes creemos que la unidad de nuestro continente es un proceso necesario. Para ello, la Unión Europea debe convertirse en el bastión de la defensa de los valores occidentales de libertad, democracia y solidaridad. Este proyecto no puede llevarse a cabo solo con dosis de demagogia, ni con líderes carentes de prestigio. Debemos seguir siendo un continente de acogida, pero los principios y valores de nuestra Unión deben tamizar las ideas foráneas. Nuestra cultura, nuestra historia y nuestra tradición pueden amalgamarse con otros valores, pero nunca deben desaparecer.  

Además de apuntalar la economía con la participación solidaria de todos los Estados, necesitamos un rearme moral para seguir siendo relevantes en el mundo. Necesitamos vivir en una atmósfera civilizada y pacífica, sin tensiones y sin odio, pero con firmeza en la defensa de nuestros postulados. De esta forma, los xenófobos, euroescépticos y secesionistas perderán argumentos. Se impone, pues, un cambio de rumbo. También en Europa es necesario contar con gobernantes de prestigio y que la política no sea el refugio de los incompetentes y conformistas; en otras palabras, contar con mujeres y hombres con suficiente valentía y capacidad para gestionar políticas avanzadas de cohesión social. En suma, debemos avanzar hacia la Europa de los ciudadanos donde los europeos no perdamos nuestras raíces. Una Europa unida no debe resultar algo imposible, inservible o ilusorio. 

* Catedrático de Derecho Mercantil. UEx

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