Habrán leído y escuchado ya muchas veces que estamos ante la legislatura del reencuentro entre Cataluña y España. Lo leerán y escucharán muchas veces más: el reencuentro. Es una palabra clave en la redacción del argumentario político diseñado en la fontanería de Ferraz para adormecer a la nación, mientras se consuman las infames políticas firmadas con los independentistas. 

Lo cierto es que los representantes políticos de quienes delinquieron para intentar independizarse ilegalmente han dicho que no piden perdón, que se sienten orgullosos de lo que hicieron y que lo volverán a hacer. Y las principales fuerzas de la Cataluña constitucionalista se manifiestan en las calles para mostrar la indignación por las cesiones de Sánchez al independentismo. Por tanto, no solo es que no haya reencuentro, sino que la distancia se ha ensanchado. 

La idea del reencuentro entre Cataluña y España resulta especialmente perversa porque quiere aparentar resolver lo que nunca existió. El conflicto independentista siempre fue un problema entre catalanes: los que quieren la independencia y los que no. Lo que ha hecho Pedro Sánchez es, precisamente, convertir un problema entre catalanes en un problema entre españoles. Si antes eran las familias catalanas las que se rompían en torno al independentismo, ahora serán las españolas las que se rompan en torno a la amnistía. 

El reencuentro del que habla el PSOE, para hacer propaganda de lo que es imposible vender, ni existe ni existirá. Sin embargo, sí se atisban otros reencuentros. 

Los acuerdos para conformar Gobierno, como colofón a cinco años de mandatos sanchistas traspasados por la disminución alarmante de los controles democráticos, la ostentación de poder, la propaganda sin límite, la demagogia y el populismo, la ausencia de ideología y el pragmatismo maquiavélico, van a producir, en efecto, algunos reencuentros. 

Uno de los más relevantes es el reencuentro del sistema político español con el fascismo, hasta hace unas semanas desaparecido en combate. El saludo nazi, el «Cara al sol», las banderas de Falange, la nostalgia franquista y la retórica nacionalcatólica habían quedado para la celebración de los 20-N y otras fiestas de guardar. Desde hace quince días forman parte, de nuevo, del paisaje cotidiano. 

Pedro Sánchez vampirizando y depravando todo lo que se logró en el lado izquierdo

Nos hemos reencontrado también con las trincheras del bipartidismo, ahora reeditadas en «bibloquismo», de tal suerte que el poder se reparte entre los dos bloques, según el Ayuntamiento, la Comunidad Autónoma, o la cámara de representantes (el PP en el Senado, el PSOE con Sumar y los nacionalistas en el Congreso). La pluralidad propia del nuevo sistema multipartidista ha sido domada, convirtiendo en un espejismo el periodo 2014-2020. 

En ese periodo, muchos españoles nos dejamos la piel para intentar cambiar la política. Unos dentro de los partidos, otros fuera. Unos desde unas ideologías, otros desde las contrarias. Fue una etapa muy esperanzadora, porque aspectos nucleares del sistema se retorcieron y removieron. Los sillones se tambaleaban, las certezas se desvanecían. 

Pedro Sánchez, vampirizando y depravando todo lo que se logró en el lado izquierdo, y Feijóo y Abascal, haciendo suma cero de lo que se trabajó en el lado derecho, parece que han logrado por fin el reencuentro, el gran reencuentro anhelado de las élites consigo mismas: cada una en su trinchera para guardar bien el rebaño y la cosecha. 

Es la peor España. La reaccionaria, la fascista que quisiera volver a un orden sin debate, al silencio de las armas. La conservadora, que ahora abarca todo el espectro político, y que se revuelve con uñas y dientes para preservar la partitocracia liberal que nos llevó a la crisis sin parangón de 2008-2012. Se trata de bloquearlo todo para garantizar que cada partido pueda seguir teniendo su cuota de poder. Unos no quieren gobernar -si no, no habrían hecho pactos imposibles-, solo quieren que los otros no gobiernen; los otros renuncian a una oposición seria, porque solo esperan que el poder caiga como fruta madura (y así será). 

Así que, sí. Puede que sea la legislatura del reencuentro. Del reencuentro con nosotros mismos. Con la España de 2013, con la España triste y resignada que pensaba que nada podía cambiar. 

* Doctor en Comunicación Audiovisual.