Opinión | ANUARIO 2023
Cuerda floja
Lo peor es que no hemos asumido qué estrecho es el límite que nos separa de la abyección y la miseria

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Este año mi columna ha cumplido su mayoría de edad. Hace ya dieciocho años que empecé a escribir los Jueves sociales, con el ingenuo temor de que alguna vez me quedaría sin temas, como si fuera fácil que la realidad perdiera su dosis de ficción, y no bastara con abrir los ojos y mirar para que lo difícil fuera elegir entre tantas historias. Como los buenos comienzos no son deseables, enero me trajo la bruma de la congestión nasal y las gafas de cerca empañadas por la mascarilla. Lo que creía una gripe se convirtió en coronavirus,ya saben, el causante de esa pandemia de la que íbamos a salir más solidarios y más conscientes de nuestra fragilidad.
Lo peor no es que no hayamos aprendido nada, que no hayamos salido mejores o que no se hayan reformado las residencias. Lo peor es que no hemos asumido qué estrecho es el límite que nos separa de la abyección y la miseria. Escribí entonces, cuando el año estaba recién estrenado, que no hace falta ningún test para confirmar que estamos contagiados de un virus para el que no existe vacuna, y que nos despoja de todo lo que nos ha convertido en humanos, anestesiados no contra nuestro dolor, sino contra el ajeno, inmersos en el caldo de cultivo de la indiferencia.
Parecía pecar de pesimista, pero doce meses más tarde, nuestra condición de niños que niegan la evidencia permanece. Gaza, Ucrania, Afganistán…son los hitos de un camino que nos aleja cada vez más de nuestra condición humana. Para suplir la falta de inteligencia natural, hemos inventado la artificial, y regalamos móviles a nuestros hijos, como quien ofrece una caja de Pandora en cuyo fondo no está escondida la esperanza.
No sabemos cómo será este año, pero ojalá nos haga más conscientes de que caminamos al borde de un abismo, funambulistasen la cuerda de lo que consideramos seguro y no es más que el almanaque de la incertidumbre. Ojalá nos vuelva más humanos
Mientras miramos las pantallas, estamos a salvo del mundo real, no vaya a ser que la realidad de verdad nos salga al encuentro, y se nos pare el corazón de puro miedo y quizá de pura vergüenza. En España, para celebrar mi cumpleaños, tuvimos elecciones en julio, y sin abandonar la crispación, pactos unos meses más tarde. Murió Ibáñez, que dibujaba este país tan moderno que no ha cambiado tanto. Será porque aquí las leyes de educación nacen sin consenso, en el Congreso la argumentación se basa en el insulto, y la tilde de solo basta para incendiar las redes plagadas de faltas de ortografía.
En Estados Unidos, quisieron censurar el David de Miguel Ángel, y algunos libros tan pecaminosos que reflejaban la sociedad en la que estaban escritos. Mark Twain o Harper Lee debían ser expurgados para que los niños no supieran que hubo una época en la que el racismo era lo común. Casi mejor que no aprendan de dónde venimos y lo que hemos superado. Que se lo digan a las jugadoras de fútbol que ganaron el Mundial y consiguieron un cambio que parecía impensable. No todo es negativo en este balance que también podría hablar de los problemas de sueño de los españoles (a lo mejor no dormimos porque hemos dejado de soñar) o de la concesión del premio Cervantes a Luis Mateo.
Seguimos aquí, lejos de accidentes que ni siquiera hemos podido imaginar, de muertes tan dolorosas e inexplicables como la de Álvaro Prieto. No sabemos cómo será este año, pero ojalá nos haga más conscientes de que caminamos al borde de un abismo, funambulistasen la cuerda de lo que consideramos seguro y no es más que el almanaque de la incertidumbre. Ojalá nos vuelva más humanos. Ojalá que mis ojos se mantengan abiertos y no pierdan la costumbre de mirar el mundo para contarlo.
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