Opinión | Desde el umbral
La lumbre
Ahora que tenemos todo tipo de cachivaches y dispositivos para cocinar de forma cómoda, rápida y eficaz, nos llaman la atención esos vídeos de gente que guisa, asa, fríe, cuece y realiza no sé cuántos procesos culinarios más en medio de la naturaleza y con instrumental, útiles, medios y herramientas cuando menos arcaicos.
Lo cierto es que ahora ando un poco desconectado de la actualidad y las novedades y tendencias de la red, y he descubierto estos breves vídeos hace poco (seguramente por obra de esos algoritmos informáticos que juegan con nosotros sin que apenas nos enteremos). Por lo que aún no puedo afirmar con auténtica certeza o verdadera certidumbre si nos agrada verlos porque tenemos ahí implantado el recuerdo de nuestros antepasados, y del anafe, el caldero, las artesas, el puchero, los cucharones y la cocina a fuego lento, o porque los que suben estos vídeos saben grabarlos y montarlos lo suficientemente bien como para que conforte contemplarlos, y escuchar cada corte, el sonido del crepitar del aceite, del bullir del agua y hasta del crujido o sorbo con que suele concluir el vídeo.
En alguna ocasión, lo he comentado con otras personas. Y parece que, a todo el mundo que se los encuentra en las redes sociales, le producen efectos similares: una cierta sensación de relajación, un deseo de disfrute del campo y la naturaleza y, por supuesto, un apetito no diré voraz, pero sí con una especial predisposición por la ingesta abundante de alimentos.
Quizá también susciten nuestro interés porque, en medio de tanta tecnificación, de tantos chips y de tantos elementos electrónicos e hiperconectados, lo artesanal, lo mecánico y lo enteramente humano se convierten en un soplo de aire fresco, en una especie de paréntesis al margen de un sinfín de inventos que se han ido implantando a lo largo de las últimas décadas. Y no hay que descartar tampoco que nuestro gusto por este contenido audiovisual se deba a que, muy en el fondo, pero de manera intensa, nos salta algún resorte primario, instalado en el cerebro humano desde épocas remotas, que hace que nos sintamos cautivados, como niños pequeños, cuando vemos una hoguera, una lumbre, las llamas de la candela y el fuego al que, desde tiempos inmemoriales, se atribuyen propiedades casi taumatúrgicas. Quizá haya un poco de todo eso, o quizá la explicación sea otra. No lo sé. Pero lo cierto es que, al término del día, poco antes de irse a dormir, agrada y conforta contemplar la autenticidad de un mundo que fue, que parecía prácticamente extinguido y que no solo parece que sobrevive, sino que aún marca cierta tendencia.
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