Opinión | Macondo en el retrovisor

Perdedoras

El terrible suceso de la manada de Pamplona provocó una marea de sororidad sin precedentes en España

Manifestación de apoyo a Jenni Hermoso.

Manifestación de apoyo a Jenni Hermoso. / EL PERIÓDICO

Incongruente es un inmigrante racista, un gay homófobo o un judío genocida. Como también lo es una señora que defiende que el feminismo ya no es necesario. Y, sin embargo, con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer la semana pasada, son cada vez más habituales los testimonios de algunas llamando sin pudor a las manifestantes «descerebradas».

Lo tradicional es que fueran los ‘señoros’ y los ‘cuñados’ los que se quejan del asunto. Hasta el punto, de que este año hemos sabido, gracias a una encuesta del CIS, que el 44,1% de los hombres considera que se ha llegado tan lejos en la promoción de la igualdad que ahora los discriminados son ellos. Y seguro que hasta se lo creen, pero ni siquiera voy a entrar en eso.

Con la resaca de todos los actos del 8M todavía recientes, este año lo que más ha escocido, por lo menos a mí, es ver a gente de mi mismo género darles la razón ante las cámaras y los micrófonos. Entre ellas, la sin par presidenta de Madrid, que aprovechó la efeméride para plantear por qué no se celebra el día del hombre.

Que Isabel Ayuso, que no podría ser política, ni votar si me apuran, si no fuera por la lucha de muchas, que se dejaron la piel en el camino, comparase, aunque fuera indirectamente, las cifras de muertas por violencia de género, con las de suicidio, fallecidos en accidentes de tráfico o laborales de los hombres, sólo deja en evidencia, una vez más, que tiene muy poca vergüenza. Eso y su tendencia a tirar del populismo cada vez que se tercia para sumar votos.

Pero lo más preocupante son las otras. Las madres, hijas, primas o amigas de a pie, que compran ese discurso de que el feminismo está pasado de rosca y que hay que tirarle de las riendas para frenarlo. Aunque todo tiene la misma base: ese empeño rancio y cansino, capitaneado por la derecha, de desandar el camino de los avances sociales, de empujar a la gente de vuelta a los armarios y volver a quemar en las hogueras, aunque ahora sean virtuales.

La presidenta de Madrid aprovechó la efeméride para plantear por qué no se celebra el día del hombre"

A principios de este mes se estrenó en Netflix No estás sola: la lucha contra La Manada. Un documental que narra el caso de agresión sexual ocurrido en los Sanfermines de 2016 y que relata la repercusión que tuvo en el sentir de la sociedad y en nuestras leyes, y la debida importancia que se le da desde entonces al consentimiento.

Aquel terrible suceso provocó de forma espontánea una marea de sororidad sin precedentes entre las mujeres de nuestro país, porque de eso va esto, de apoyo y soporte, no de odio a los hombres. Muchos de ellos también mostraron su rechazo entonces a la intimidación, la humillación, el sometimiento o la cosificación de las féminas. Y lo siguen haciendo a diario.

Aunque desgraciadamente no son todos, ni todas. No sé muy bien en qué mundo viven esas mujeres que aseguran que «se nos están yendo las cosas de las manos», mientras, en España, en el mundo, seguimos contando muertas en los informativos. Pero además, siguen sucediendo otras muchas cosas que nos recuerdan por qué sigue siendo necesaria la lucha.

El piquito del impresentable Luis Rubiales a Jenni Hermoso, la violación a una chica del futbolista Dani Alves, el cierre de la cuenta de Cristina Fallarás en Instagram, dónde recogía las historias de abusos sexuales de miles de mujeres o las denuncias contra el director de cine Carlos Vemut, no son más que los últimos casos más mediáticos, que ponen en evidencia que todavía queda mucho para poder sentirnos seguras y libres.

Pero, además, hay otras muchas cosas que en el día a día nos recuerdan los motivos. Cada vez que alguien nos manda una foto de sus genitales en una red social solo por aceptar su solicitud de amistad, que se rozan impunemente contra nosotras en un medio de transporte público, que nos planteamos qué ropa ponernos, si nos podemos tomar la última copa o qué ruta coger para volver luego a casa, estamos cargando con ese bagaje inherente del miedo y la culpa, que nos viene de serie con el género al nacer.

Hasta que todas digamos alto y claro: basta. El #SeAcabó, como el #YoSíTeCreo, el #NoEstásSola o el #Cuéntalo están dirigidos a nosotras. También a los demás, pero sobre todo a nosotras. Y cada vez que alguna los cuestiona, los niega o los ningunea perdemos todas.

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