Opinión | A la intemperie

Los Williams

Vestir la camiseta que de niños les regaló un cura de Cáritas

Los hermanos Williams abrazados.

Los hermanos Williams abrazados.

La primera vez que vi un negro tendría yo diez años. No creo que la memoria me engañe en mucho. Lo vi a la altura del colegio de los Hermanos de La Salle. Desde la otra acera, no me atreví a más. Ahora, atando cabos, barrunto que probablemente fuera un policía municipal guineano que por entonces trabajaba en Baracaldo. Guineano y negro. La piel negra, el casco blanco. Aquel fue mi primer negro, algo que hasta aquel día solo había visto en la tele.

Muchos años después, en 2009, publicaron en El Periódico Extremadura mi primer artículo. Lo escribí porque tenía que escribir lo que me bullía dentro: la emoción de volver a ver jugar una final de Copa a mi Athletic después de un desierto de derrotas. Antonio Tinoco, el director, tuvo la gentileza de publicar aquellas líneas. Se titulaban All iron y hablaban de once aldeanos, los que, unos por otros, visten la misma camiseta temporada tras temporada. Los Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza… Los del 58, los que le birlaron la final al Madrid de Di Stefano… Los del 84, los que se la birlaron al Barcelona de Maradona... ¿Se acuerdan de Goicoechea? Nosotros, los de aquí. Siempre nosotros, los vascos. Solo nosotros. Orgullo de raza. Una manera de entender el fútbol. La sombra enhiesta de José Ángel Iribar Cortajarena, tan callado, tan de negro… Con o sin apellidos vascos, que la última copa la levantó el hijo de un guardia civil riojano, Daniel Ruiz Bazán. Aquel era mi mundo, un mundo ordenado, en el que las casillas siempre eran blancas.

La primera vez que vi a Iñaki Williams con la camiseta del Athletic reconozco que tuve que frotarme los ojos

La primera vez que vi a Iñaki Williams con la camiseta del Athletic reconozco que tuve que frotarme los ojos. Aún recuerdo la foto. En blanco y negro. Especialmente en negro. Y recuerdo el pasmo. Entonces supe que Iñaki nació en Baracaldo, como en Baracaldo nacieron Dani y Goicoechea. En Pamplona, su hermano Nico. En Pamplona, como el capitán, Muniain. Ahora algunos se burlan de nosotros, algunos, incluso, parecen echarnos en cara que el Athletic ya no sea el que era. Y, sin embargo, los Williams son de los nuestros. Por natura y, aún más, por ventura, porque los nuestros son aquellos con quienes compartimos las emociones, ahora y en los tiempos del Conde Arnaldos. El fútbol es lo de menos, lo importante son las penas y las alegrías compartidas. Yo me emocioné con los Williams. Las mismas lágrimas. Las lágrimas no entienden de colores. Algunos me dirán que defienden la camiseta que les da de comer y yo les contestaré que es conocido que ambos han tenido ofertas para jugar en equipos donde probablemente pudieran haber engordado la bolsa. Hasta puede que se vayan, como se fueron Zubizarreta y Alesanco (que también era de Baracaldo), pero hasta hoy los Williams, los dos, han preferido seguir vistiendo la camiseta que de niños les regaló un cura de Cáritas, un cura llamado Iñaki, el mismo que les enseñó a santiguarse.

Los vascos de hoy no son (no somos) los vascos de ayer. Y ahí están los Williams para recordarlo, para recordárnoslo. Ellos encarnan el negro de Iribar y el blanco de Dani. Y, en ellos, nuestro orgullo. De Pichichi para acá han pasado muchos trenes por Abando. Y la ría, que antes iba sucia, ahora va limpia. El racismo de la piel, las más de las veces, no es sino una excusa para separarnos de los que no piensan, de los que no sienten el mundo como nosotros. Nada más. n

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