Opinión | A la intemperie

Degradación extrema

Ninguna nación merece sufrir semejante gobernante. Se trata de cerrar filas para salvar las europeas y conservar in extremis el poder

El presidente del Gobierno Pedro Sánchez acto cierre campana partido pa

El presidente del Gobierno Pedro Sánchez acto cierre campana partido pa

Pedro Sánchez ha vuelto a sacar la cabra. La cabra y la trompeta. Y, como siempre, a la hora de la siesta. Esto bastaría para abominar de él. Pero hay más.

Pedro Sánchez, narciso, solo se quiere a sí mismo. Así que lo del enamorado ofendido no cuela. No cuela porque él no tiene la piel tan fina. Sabe encajar. Así que no, no cuela. Esta es una carta ridícula, pero es más, es la carta de un tirano en apuros.

Pedro Sánchez sabe que la legislatura -cinco meses de cambalache y calvario- tiene los días contados. Está sin presupuestos. Está cercado por la corrupción. Está acorralado por sus propios compinches. Está a las puertas de unas elecciones, las europeas, que van a terminar de desahuciarlo. Más que para estocada, está para descabello.

No dimitirá salvo que lo dimitan los terroristas o los golpistas o los servicios secretos de potencias extranjeras. Eso, si alguien lo sabe, es él. No es tonto del todo, aunque tenga las entendederas alteradas por el narcisismo

Pedro Sánchez lo sabe. Lo de menos es lo de su mujer. Lo de la tal Begoña no pasa de ser la excusa para la enésima pirueta del saltimbanqui, el enésimo atraco del enmascarado. Ahora pretende dar pena para concitar en torno de sí el apoyo de sus partidarios, para -a modo de plebiscito- exigir adhesiones inquebrantables, aunque para eso haya que agitar, una vez más, los odios. Quiere movilizar a todos los que ven peligrar sus sueldos y sus cargos para que se arrodillen ante él y entonen el ¡Pedro, quédate! Pedro Sánchez, y esto es lo más grave, ha lanzado un órdago a los españoles. Un conmigo o contra mí. Al modo guerracivilista aprendido del inicuo Zapatero y que es marca de la casa para ambos dos. En su degradación moral extrema centra el tiro en los jueces, en la prensa libre y en la media España que resiste al atropello de las libertades. Está cercado por sus muchas fechorías, las que conocemos y las que solo conocen sus cómplices. Y ha pensado que, para huir de la justicia, lo mejor es asaltarla. Lo intolerable es que lo hace al amparo de su cargo. Es un gobernante frívolo e irresponsable que no ha vacilado en llevar a España a una crisis gravísima con tal de atender sus problemas personales. Ese es su mayor delito. Al hacerlo, pone de manifiesto su vocación de autócrata. Pedro Sánchez es un hombre sin escrúpulos, vacío de toda ética, huérfano de toda conciencia. No le duele el mal cometido. No le duele el mal causado. Solo le duele la cara de ser tan guapo. Así que no dimitirá salvo que lo dimitan los terroristas o los golpistas o los servicios secretos de potencias extranjeras. Eso, si alguien lo sabe, es él. No es tonto del todo, aunque tenga las entendederas alteradas por el narcisismo; sabe que en estos años de gobierno ha vendido su alma al diablo en más de una ocasión. En cientos. A cientos. A criminales convictos que no dudarán en chantajearle (más aún) cuándo y cómo les sea oportuno. Pedro Sánchez sabe de sus pecados más que ninguno de nosotros y, nosotros, con tener noticia de muchos de ellos, no sabemos de la misa la media. Más pronto que tarde tendrá que abandonar el poder, lo triste es que ha decidido morir matando. Daño a la convivencia ha hecho y mucho, pero mientras esté en el poder hará más. La única salida a este embrollo es la convocatoria de elecciones generales.

Mientras tanto en nuestra mano está detener el golpe. Hoy, mañana y siempre. Frente a los trompetistas y frente a sus cabras, frente a los calimeros llorones, frente a los pinochos cínicos, frente a los mandarines comunistas, firmeza. Firmeza y la vida por la libertad. n

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