Opinión | A la intemperie

300 intemperies

El próximo jueves a las doce y media en la carpa de conferencias de la Feria del Libro de Badajoz, ante ustedes, una gavilla de intemperies…

FERNANDO VALBUENA (izquierda), presenta la revista Rextaurantes de La Crónica de Badajoz.

FERNANDO VALBUENA (izquierda), presenta la revista Rextaurantes de La Crónica de Badajoz.

Trescientos espartanos en el paso de las Termópilas. Ni muchos, ni pocos. Trescientas intemperies las que llevo escritas en este periódico. En verdad, más. Más de cuatrocientas si añadimos las que aparecieron bajo los títulos genéricos de Calle Sur y Café, copa y puro. A la intemperie… pero poco. Aquí, cuando llueve no te mojas (de momento y quiera Dios que así sea por siempre).

Aún dudo de que acertaran al contratarme. A veces sí, a veces no. Las unas por las otras. Trescientos teatrillos. Trescientas opiniones. Opinamos, aunque opinemos de otros, siempre de nosotros mismos; de cómo nos atropella el tren de la vida. A veces pienso que no debería abusar de tanto mirarme por dentro. Por pudor. Por no aburrir. Y, sin embargo, nada nos es más cercano que lo íntimo de otro…

El caso es que, rodando la cuesta, ya son más de trescientas intemperies desde aquel día que Antonio Cid se me cruzó junto a los escaparates de La Cubana. Un tren me atropelló mientras veía pasar la vida entre bollitos de leche. Y tan contento. Contento y sin miedo he llegado hasta aquí. Ahora, solo ahora, le empiezo a tener miedo a las piteras de la vejez. Y a los callejones estrechos, quizá por eso prefiera las intemperies de mi Extremadura, tan ancha y tan sola.

Al releerme encuentro en mis palabras sentidos que al escribirlas se me escaparon. A veces, incluso, estoy en desacuerdo conmigo mismo. Me aterra verme en el espejo de mis dudas (y de mis errores)

En las trescientas he procurado, ante todo, torear al compás, que el verbo templara la idea. Al compás, como se torea, como se ama... Ordenar las palabras. He procurado también ver con mis propios ojos, no con los ajenos, y que, en el guiso, no faltara picante. Lo que más me duele es, al cabo de cierto tiempo, al releerme, descubrir en el picante, en ocasiones, trazas de mala baba. Es el riesgo de opinar en libertad. No, no me gusta releerme. Fundamentalmente porque al releerme encuentro en mis palabras sentidos que al escribirlas se me escaparon. A veces, incluso, estoy en desacuerdo conmigo mismo. Me aterra verme en el espejo de mis dudas (y de mis errores).

Pese a todo, ahora, la Fundación CB tiene a bien publicar una recopilación de algunos mis artículos, un manojito de ellos no demasiado apegados al minuto en que fueron escritos. Otra decisión que se me escapa. Sea como fuere, en ellos me entrego a ustedes. En ellos, agazapado, yo. Un tema del que gustan escribir casi todos los que escriben: de sí mismos. La infancia y lo que vino después. Lo demás. Los demás. Los vivos y los muertos. Y, por supuesto, España, la tierra que me amamanta. Y Extremadura, mi gacela enamorada. Y, más arriba, el ansia de Dios al modo unamuniano. De esto tratan las letras que junto, poco más que del vivir con la muerte al acecho. Lo escribió Jaime Gil de Biedma: «envejecer, morir, es el único argumento de la obra». Mi vida queda, cada semana, en sus manos.

Termino. Siendo niño, en el colegio, escribí una revistilla, que no pasó del segundo número. Una nadería con crucigrama (algo, lo del crucigrama, que, por muchos años que pasen, sigo sin entender). Uno de mis profesores, intrigado, me preguntó por qué, si la revista trataba de asuntos culturales, no la había llamado Atenas; no supe explicarle el porqué. La llamé Esparta (solemne desvarío). Ahora sé que pudiera haberla llamado A la Intemperie: porque es estrecho este paso de las Termópilas en que, viviendo, aguardo. El próximo jueves a las doce y media en la carpa de conferencias de la Feria del Libro de Badajoz, ante ustedes, una gavilla de intemperies… Sean benévolos, por favor.

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