Opinión | Tribuna

Si quieres un desastre, toma

Crónica entre lo sentimental y lo meramente analítico del descenso a LEB Plata del Cáceres Patrimonio de la Humanidad. Conclusión básica: qué desastre todo, ¿no?

Dani Rodríguez habla a sus compañeros tras la derrota ante el Ourense.

Dani Rodríguez habla a sus compañeros tras la derrota ante el Ourense. / Carlos Gil

Si hay que buscar un primer momento que empiece a explicar el descenso del Cáceres Patrimonio de la Humanidad a LEB Plata hay que encontrarlo en los primeros días de junio de 2023, cuando el club decidió continuar con Alberto Blanco en la dirección deportiva y, a los pocos días, también renovar el contrato de Roberto Blanco. Muchos nos echamos las manos a la cabeza: el ‘matrimonio’ entre el ejecutivo y el entrenador había mostrado serias grietas la temporada anterior, cuando se había salvado la categoría milagrosamente sumando solo diez victorias. 

Los Blanco, siendo más francos que el dictador, no se entendían. Alberto había convencido a los directivos con su personalidad expansiva y su nulo miedo a nada, siempre animado a emprender una batalla. En Roberto cada vez creían bastante menos, pero pensaron que era imprudente darle la patada a un entrenador queridísimo por la grada que, al fin y al cabo, lo había hecho bien casi siempre desde que se hizo cargo del equipo en enero de 2019.

Alberto Blanco, en una rueda de prensa.

Alberto Blanco, en una rueda de prensa. / CÁCERES BASKET

El tema es que, como podía intuirse, en la configuración de la plantilla nada fluyó entre ambos y los errores abundaron. Que me perdonen nuestros amigos ‘robertistas’ comunes si peco de equidistante, pero la culpa fue de ambos a partes iguales: uno por proponer nombres y fórmulas que no funcionaron un carajo y el otro por aceptarlas, contemporizando, diciendo con su habitual confianza que aquel equipo podía acabar siendo su equipo.

Una noche de verano, en el efímero garito que montó Emilio de Alba en el Nuevo Cáceres, le solté a Roberto que por qué no se largaba, que así no se podía trabajar. Reconozco que quizás le estaba hablando el Protos, pero el tío respondió, con toda su humanidad, que entrenar al equipo de LEB Oro en su ciudad de adopción era un lujo, que ya encontraríamos entre todos una solución. Sí, se puede. Pero ya sabemos todos cómo han acabado los del «sí, se puede».

La pretemporada ya fue un sindiós que no sirvió de advertencia: las lesiones de Pablo Rodrigo y Pablo Sánchez, los kilos de Dikembe André, los años de Dani Rodríguez -intentándose aislar de que le habían enseñado la puerta sin llegar a decirle nada-, el desastre de Vaidas Cepukaitis, la intermitencia de pilares como Hansel Atencia y Gael Bonilla... Pero, por encima de lo individual, lo que parecía de aquel Cáceres 1.0 era que no tenía carácter, que no había nadie ahí dentro para dar una voz, pegarle una hostia a un rival y venirse arriba cuando se encajaba uno de esos parciales insondables que anulaban el resto de los partidos.

Las derrotas, como previó Casandra sin que nadie quisiese escucharla, empezaron a caer una tras otra y demasiado pronto el cadáver ya olía a lo que era, por mucho que las espaciadas victorias en el Multiusos supusiesen unas gotas de ambientador. La persistencia en perder fuera de casa ya venía de la pasada temporada y en esta se siguió haciendo el ridículo de todos los colores. Sin embargo, el 10 de noviembre nos engañó a todos e hizo concebir una esperanza que no reaparecería: victoria en casa ante el gran dominador de la liga, el Leyma Coruña (84-81). ¿Era posible el milagro de evitar un destino ya escrito?

Ni de coña. Entre bastidores, Alberto Blanco, que hay que reconocer que se estaba esforzando por caerle mejor a la hinchada y a mí mismo -tras unos episodios sonrojantes en la 22-23 que, como buen niño criado en un colegio de curas, le acabé perdonando- perdía el favor de la directiva que tanto le había defendido. «Lo que queráis que haga, me lo pedís por escrito», aseguran que les dijo a los que le habían primero nombrado y luego renovado.

El equipo cayó en barrena definitivamente y en la última semana de enero, con un balance de 5-13 y penúltimo, el club optó por quitarse dos problemas de golpe: se cargó a Alberto Blanco y puso a Joaquín Rodríguez, un director deportivo diametralmente opuesto de carácter y al que habían perseguido otros veranos, y a Roberto Blanco por Arturo Álvarez. La inolvidable despedida del placentino -enfrascado ya en una dolorosísima situación personal- es todavía una daga en el corazón que algunos intentamos disfrazar de astilla.

Roberto Blanco sale del Multiusos el día de su destitución.

Roberto Blanco sale del Multiusos el día de su destitución. / Carlos Gil

Siguiendo el manual anti-crisis que sí funcionó un año atrás, llegaron dos fichajes para afrontar un ciclo de cinco partidos determinantes ante rivales directos. Pero Mike Nuga y sobre todo Darko Balaban no resolvieron absolutamente nada y el Cáceres solo consiguió ganar el último de ellos, ante Menorca, lo que equivalía al descenso virtual cuando todavía quedaban más de dos meses de competición. Como cantó John Cale, «la Antártida empieza aquí».

Aquel triunfo frente a Menorca acabaría siendo el único del Cáceres ‘arturista’ en 16 partidos, empeorando drásticamente los números de su antecesor, aunque supiese a victoria forzar dos prórrogas en la pista del San Pablo Burgos. No sin ciertas dosis de sorpresa, el entrenador asturiano, con su pico de oro en las ruedas de prensa y una política de no agresión porque no hay sitio más absurdo para zumbarse con alguien que un tanatorio, es bien visto para seguir comandando el barco junto a Joaquín Rodríguez. Y él está deseoso de hacerlo, de demostrar que es algo más que un orador, que si era el entrenador de moda en la LEB Oro hace unos pocos años no fue por capricho de nadie. A ver si le hacen la oferta porque conversaciones sobre el futuro hay.

Llega el infierno de Plata. Pero, pese a lo aquí narrado, cero dramas, eh. Al menos a mí me pone un año de victorias y estar arriba. Eso sí: cuidado con autoproclamarse el Real Madrid de la categoría porque ya sabemos cómo acaban esas cosas.

Arturo Álvarez observa un partido desde la banda.

Arturo Álvarez observa un partido desde la banda. / Jorge Valiente

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