Opinión | Tribunas

NadALcaraz

Rafa Nadal no solo nos ha deleitado dándonos grandes lecciones de tenis. Al mismo tiempo que eso, nos ha sabido dar magníficas lecciones de gran respeto hacia los demás

Rafa Nadal saluda después de un partido.

Rafa Nadal saluda después de un partido. / EL PERIÓDICO

Los aficionados al tenis hemos tenido la suerte de disfrutar, entre abril y mayo, de dos semanas mágicas en la caja de Madrid. Y no precisamente por los jugadores masculinos que se clasificaron para las semifinales y la final, aunque bien es verdad que en la parte femenina llegaron al último partido la número uno, IgaSwiatek y la número dos, Aryna Sabalenka, ofreciendo un gran partido además, sino porque fuimos testigos de una despedida muy especial.

La despedida que le hizo Madrid a Rafael Nadal, que tantos partidos, durante tantos años, nos ha estado haciendo vibrar por cualquier pista que pisara alrededor de todo el mundo. Aunque con algún problemilla de despliegue, se precipitaron, desde el techo de la Caja Mágica, cinco grandes pancartas en vertical, con una foto en cada una de ellas que recordaba las cinco finales, con triunfo, conseguidas por el gran tenista español sobre la tierra del Open 1000 de Madrid. Un gran «gracias, Rafa» era la manera de agradecer las horas de tensión, de enfado, de triunfo, de derrota, de pasión, de nervios, de alegría, de emoción, de casi infarto que Rafa ha sabido llevarnos a casa cada vez que competía sobre la tierra de Madrid. Los aplausos de un público siempre entregado, animaron a un Rafa al que se le rompía un poco la voz, cuando explicaba a todos, el largo periplo que le había llevado hasta allí.

Todos hemos visto a un niño que se convirtió en joven que ha madurado en las canchas, propinando unos golpes increíbles a las pelotas que confundían a sus contrincantes por los endiablados efectos con lo que llegaban a la parte contraria. Pero Rafa Nadal no solo nos ha deleitado dándonos grandes lecciones de tenis. Al mismo tiempo que eso, nos ha sabido dar magníficas lecciones de gran respeto hacia los demás, de ser comedido y mesurado en sus muchísimas victorias, y grande y humilde en sus poquísimas derrotas.

Ha sabido utilizar su gran habilidad en el deporte para impartir una magnífica lección de vida a los jóvenes de todo el mundo. Les ha enseñado que el más grande debe ser el más humilde. Nunca ha pronunciado una palabra que hiriera a alguno de los jugadores a los que se ha enfrentado. Y nunca se ha manifestado con ningún exabrupto de palabra o de acción cuando el juego no le era favorable. Jamás ha roto una raqueta contra el suelo como otros muchos jugadores nos tienen acostumbrados, reafirmando así que ésos podrán ganar partidos, pero nunca serán verdaderos campeones.

Sin darme cuenta, cuando jugaba Nadal, en el último Open de Madrid, me vi buscando en su banquillo a Ferrero, y cuando jugaba Alcaraz, a veces, me parecía ver a Carlos Moya. El subconsciente me engañaba, pero a la vez me descubría que el gran campeón no nos iba a dejar huérfanos. También se han encargado de preparar una transición perfecta. Las dos últimas letras de su nombre son las dos primeras de su sucesor «NadAlcaraz», el nuevo joven que promete ser la continuidad del gran campeón.

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