Opinión | Una casa a las afueras

Los días nefastos

El quebradizo mundo de la política estos días de tono argentino agota su panal de sabiduría, no hay «consolationes» por ningún lado, tan solo un arsenal de amnistía a buen precio. El peligro será un contragolpe si bien ahora nadie lo ve venir.

La tendencia psicológica al escapismo de este Pedro ha dado un salto mortal en el trapecio de una legislatura calamitosa. Y yo tengo verdadera necesidad espiritual de repudiar a este gobierno. En primer lugar, porque nos ha inyectado en vena este cursi-concepto clasista de drama-país, esa teatralidad tan cómica de la izquierda perezosa que llega al poder para barnizar los asientos del congreso con ideas progresistas de justicia social para no perder sus privilegios patronales.

Este Pedro y sus éforos han venido para quedarse en la topografía impúdica de un Congreso tomado por enemigos que exhalan venganza. A pesar de todo tenemos a toda pastilla la maquinaria de los pseudo-medios de izquierdas que se empeñan en salvar a Pedro y adornarle de un halo ideológico buenista, romantizado y aromatizado de begonias. Pero ¡qué medios! ¡qué tertulianos! Si no alcanzan a entender que Pedro lo único que ha conseguido es absorber en su persona todas las energías subterráneas con el fin de no dejar ni en paz a los muertos.

Se ve que la maledicencia es para Pedro y sus éforos un elixir de larga vida y que al igual que Xenófanes, llegarán a los ciento y pico de años en el poder metiéndose siempre con todos. Pedro es esa flecha que vuela para hincarse en el corazón de quien se le resista.

A Pedro le basta con que cada mañana la musa de la televisión sesgada y pública, Silvia Inchaurrondo, le acerque a los labios un poco de miel. Carece de credo moral pues un socialista es cualquier cosa menos este Pedro acurrucado bajo el Puente, su bracero. Entre ambos han contagiado su egoísmo político nada sentimental al resto de pseudo-líderes y lo han transformado en una especie de filosofía de la Navidad, adulterada y dulzona en la que se autoproclaman apóstoles de la paz. Un beato sentimentalismo humedecido por los arrumacos lascivos de Yoli Maravillas, pero que en el fondo solo es la máscara de una terrible necedad y decadencia.

Si su máxima aspiración era dividirnos, la noticia es que sí, lo ha conseguido y que en efecto Pedro-Puente es la mayor fábrica de exasperación y cólera.

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