Opinión | A la intemperie

Hermanísimo

Donde se habla de cómo socorrer a un hermano con ayuda de un presidente de diputación melómano

Ser hermano del mandamás tiene ventajas, pero también inconvenientes. Franco tuvo hermanísimo y hasta cuñadísimo. No parece descabellado pensar que para puestos de confianza convenga contar con los más cercanos. Aunque alguno te salga rana... Juan Guerra le salió rana su hermano. Aquello tuvo su guasa.

El peligro de cornada siempre está ahí. Quizá por eso tampoco esté mal pensado lo contrario: alejar a la familia cuanto más mejor (al menos en política). Dicho lo cual reconozco que es duro vivir en Moncloa rodeado de setecientos asesores y ver pasar hambre a tu hermano. Creo.

No es que haya vivido en Moncloa ni que tenga hermano -no a las dos-, pero por lo que barrunto, barrunto que tiene ser duro o, al menos, durillo. Y quien dice hambre, dice necesidad. O apuros. O afán frustrado de medio dedicarse a lo que tu hermano tenga por anhelo, que de ilusiones también viven los hermanos.

Yo quise ser torero. En realidad, ahora más que de joven, pero no me veo con apoyos. En un ejercicio de sinceridad extrema diré que lo que me faltan son facultades. Me faltaban de joven y de viejo las doy por huidas en desbandada. Pero si tuviera un hermano en Moncloa lo mismo me organizan una ópera o una becerrada en un pueblo allá en la muy lejana Extremadura. Que ciento treinta mil euros lo mismo dan para una ópera que para veinte becerradas. Yo soy más de becerradas, pero nadie está libre de ser melómano.

No lo digo con sorna, ni siquiera apunto un doble sentido. Cela, que quiso ser torero, se quedó en premio Nobel. Lo dijo el propio Cela. Dos pasiones en una. Ambas. Ambas dos. Cáceres y Badajoz. O Badajoz y Elvas. Tan cerca y tan lejos. Es la cara amarga de ser el hermanísimo: siempre hay alguien dispuesto a husmearte los calzones.

Ya se sabe que, antes o después, a todos nos conviene lavar los trapos sucios. A ser posible, en casa (o en palacio). En Badajoz y en Elvas. ¿Quién no tiene ropa sucia?

De niño, por cierta desidia intelectual, desconocía que las mujeres tuvieran que lavar su ropa interior. Con el paso de los años lo que empezó siendo una sospecha terrible acabó en certeza moliente. Y en este punto me amarro al palo mayor, hago de tripas corazón, y me niego a tomar por nombre Begoña, aunque las certezas corran a la par que las sospechas. Vuelvo al comodín... Dicen que a doña Carmen le bastaba señalar una pieza en la joyería para que el joyero tuviera la gentileza de regalársela. Perlas, entonces se llevaban las perlas.

Ahora nadie mata ni por un collar de perlas ni por un abrigo de visón. En todo caso por una ópera o dos. ¡Qué bien me viene siempre ese latinajo que dice mutatis mutandis! Pues eso, mutatis mutandis, el mundo sigue girando. Lo de señalar con el dedo me lo contó Guillermo Fernández Vara. Espero que al susodicho no le moleste que lo recuente. Me dijo Guillermo que descubrió lo que significaba el poder cuando tras alabar un cuadro en una exposición el tal cuadro apareció en su casa pocos días después. Quizá Gallardo también quisiera agradar, agradar para subir en la nomenklatura (de hecho ya es secretario general). Tal vez fue el deseo de ser útil al tipo del que depende su cargo (y su sueldo a final de mes).

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