Opinión | Desde el umbral

Sorpresas

Hasta los más provectos dicen que nunca dejan de sorprenderse

Una niña ante regalos envueltos.

Una niña ante regalos envueltos.

Hay gente a la que le gustan las sorpresas y gente que prefiere no verse nunca sorprendida. Se identifican las sorpresas como algo positivo, pero estas no siempre son agradables. Una sorpresa en forma de visita, gesto, celebración, anuncio, revelación o regalo suele vincularse a sentimientos conducentes a la felicidad y la alegría. Pero, a veces, las sorpresas no vienen envueltas en papel de regalo y con lazo, sino anudadas con alambre de espinos, en un cartonaje áspero, barnizadas con malos sentimientos, conteniendo elementos objetivamente dañinos y configuradas para inducir dolor a quien las recibe. Cualquiera que viva, se verá sorprendido a menudo. Es inevitable. Como también lo es que algunas de esas sorpresas nos proporcionen un instante de felicidad y que otras, sin embargo, nos conduzcan a la decepción más profunda. Esa decepción y la sorpresa que la produce pueden sustentarse en una idealización previa, en una confusión en la observación de lo que era evidente o en la elevación excesiva de las expectativas con respecto a algo o, especialmente, a alguien. Nos pueden sorprender para bien o para mal. Y la condición humana, lo mejor y lo peor de lo que somos, se muestra, en no pocas ocasiones, de manera sorprendente e inesperada. Hay gente que disfruta más preparando sorpresas para los demás que recibiéndolas. Y otras personas a los que les encanta verse sorprendidas pero no saben cómo articular una sorpresa. También hay expertos en quitarle el brillo a las sorpresas, en despojarlas de su candor especial. Y verdaderos maestros en el dudoso arte de destripar sorpresas. Igualmente, hay quien, cuando tiene que dar una sorpresa, imagina y cultiva una idea, y la trabaja intensamente para dotarla de magia. Pero también los hay que las tratan de montar a última hora, corriendo y de manera un tanto chapucera.

Algunas sorpresas agradables pueden dejar una huella indeleble. Pero esas otras sorpresas, urdidas para hacer daño, pueden llegar a marcar de por vida, hasta el punto de cambiar la percepción de una persona sobre una realidad que antes contemplaba desde una perspectiva distinta

Algunas sorpresas agradables pueden dejar una huella indeleble. Pero esas otras sorpresas, urdidas para hacer daño, pueden llegar a marcar de por vida, hasta el punto de cambiar la percepción de una persona sobre una realidad que antes contemplaba desde una perspectiva distinta. De sorpresas está llena la vida, y hasta los más provectos dicen aquello de que nunca dejan de sorprenderse. Frecuentemente, la existencia, y quienes pululan por ella, nos preparan sorpresas para las que no estamos preparados. La digestión de esas sorpresas cuesta más que la de esas sorpresillas gratas que, de algún modo, son más previsibles, porque las esperamos para adornar o complementar un día que sabemos que es especial de por sí. Pero no podemos, aunque queramos, evitar tener que enfrentarnos a una realidad, aunque sea indeseada, por muy inesperada que resulte. Seguiremos sorprendiéndonos, por tanto, hasta el fin de nuestros días. Y eso será signo de que aún respiramos, de que tenemos conciencia, de que estamos vivos, de que el corazón todavía da brincos en nuestro seno, aunque, a veces, con alguna de esas sorpresas, nos pueda doler hasta el mismísimo alma.

Suscríbete para seguir leyendo