Opinión | Tribuna

Himnos de la Eurocopa

Jugadores españoles celebrando el gol a Alemania, el pasado viernes.

Jugadores españoles celebrando el gol a Alemania, el pasado viernes. / Efe

Terminamos el mes de junio y comenzamos el de julio con toda una Europa llena de color, por la celebración de la gran fiesta del fútbol. La Eurocopa 2024 ha congregado a millones de personas en enormes y modernos coliseos, que son los actuales estadios del balompié, como son el SignalIduna Park, de Dortmund, en el que caben 80.645 almas, o el Allianz Arena, de Múnich, con 75.000 espectadores, o los Estadios Olímpicos de Berlín o de Múnich, que albergan más de 70.000 espectadores cada uno.

Es, actualmente y sin ninguna duda, el mayor espectáculo del mundo. No hay deporte que despierte mayor interés, ni reúna a más público, ni mueva más dinero que el fútbol. Parece mentira que el invento de 22 jugadores intentando, once, colar una pelota en la portería de los otros, once, atraiga a tantos adeptos. Parece ser, aparte de algún relieve de la Antigua Grecia (400 a.C.), donde un hombre domina una pelota con su pierna (episkyros) y otros juegos de la Edad Media, que el fútbol como lo conocemos hoy, se le ocurrió, en 1863, a Ebenezer Coob Morley.

Como casi todos los descubrimientos importantes, éste ocurrió en una taberna, la taberna londinense Freemason’s. Allí, rodeado de unas buenas pintas de cerveza, Ebenezer se reunió con distintas escuelas de Londres con el objetivo de crear las reglas del fútbol moderno. Estoy seguro que, cuando alzaran sus pintas para celebrar el acuerdo, ni por asomo pensaron que, aquello que inventaban, iba a revolucionar tanto el mundo del deporte y que su invento se convertiría en algo que tuviera tanto poder para movilizar a las masas.

En noventa minutos, las noventa mil almas que puede albergar un estadio, se enajenan de la realidad de cada día y fijan su atención única y exclusivamente en los colores de su equipo al que vitorean, embriagados y extasiados, para conducirlo directo a la victoria. Incluso los aficionados ucranianos, de azul y amarillo, parecían olvidar, durante noventa minutos más el añadido, la guerra cruel y sangrienta con la que el ruso Putin los tiene, injustamente, sometidos. Y las vertiginosas carreras del francés Kylian Mbappé, con sus increíbles y mágicos regates, ayudan a olvidar por momentos, los resultados de las elecciones que emanan de las urnas, cuando no son los deseados.

Los alemanes se han esmerado sobremanera en la organización de esta Eurocopa 2024. Liberados ya de mascarillas, han sabido disfrutar todos de la fiesta del fútbol, salvo algunos exaltados, una minoría, que aprovechaban los tiros de córner, para dejar caer alguna botella o vasos de plástico al césped. Eso es inevitable, pero en nada empaña la exquisitez de la organización alemana.

Solo hay un pequeño detalle que ya hace tiempo que llama la atención en estos eventos, y que se produce cuando suenan los himnos de los países de Europa, antes de comenzar el partido. De inmediato, todos los jugadores, con la mano en el pecho, entonan y cantan con gran solemnidad la letra de sus himnos, acompañados de todos los aficionados en la grada. Todos, excepto los de España. No tenemos letra que cantar en nuestro himno, ni somos capaces de adaptar una, a pesar de que los intentos por ponérsela son tan antiguos como el propio fútbol. No nos ponemos de acuerdo y nos da vergüenza llevarnos la mano al pecho cuando suena la música. Y es que España somos siempre dos partes a las que les cuesta mucho ponerse de acuerdo.

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