Opinión | Con permiso de mi padre

Tremenda ordinariez

Debería haber un código que castigue usar chanclas a más de 20 metros del mar o la piscina. Y quitárselas para comer, «porque estoy más a gustito», es una ordinariez imperdonable

Una joven con sandalias.

Una joven con sandalias. / EL PERIÓDICO

Mal que nos pese a quienes odiamos el frío, hay que reconocer que el verano es pura ordinariez. Parece que, despojados de la seriedad de los horarios laborales y poseídos por el espíritu del ocio, todo está permitido.

No hay más que darse una vuelta por cualquiera de nuestras ciudades, da igual si costeras o de interior, para constatar el relajo en las buenas costumbres y en la educación estética más básica.

Hordas de turistas (a estos efectos todos somos cada vez más turistas, incluso en nuestras propias ciudades, por desgracia) pertrechados con riñoneras, pantalones cortos (calzonas en esta tierra) y camisetas de lo más variopintas. Un día tengo que escribir sobre lo ridículo, pasados los 20 años, de salir a la calle con la camiseta de un equipo de fútbol si no vas a ir a jugar o a ver un partido, y ni así. Incluyo las de baloncesto (¡sin tirantes!) de la NBA si no eres jugador profesional y no estás en pleno partido en el Madison. Ahí queda para otra semana.

Ellas tampoco lo hacen mal: carnes a todo lo que dan, jamones bien visibles, gorras feas y sombreros ridículos. Y chanclas, ay, esas chanclas que dejan a la vista unos talones más abandonados que los viajeros de los trenes extremeños. Debería haber un código que castigue usar chanclas a más de 20 metros del mar o la piscina. Y quitárselas para comer, «porque estoy más a gustito», es una ordinariez imperdonable.

Porque lo de la «comodidad» abre puertas a otro sinfín de despropósitos: gente comiendo sin camisa o camiseta, en público, obligándonos a contemplar su humanidad en todo su esplendor, paseando los sobacos por encima de la comida.

Un año ya comenté que no entiendo la reducción de los bikinis hasta convertirse en tirachinas, sobre todo en niñas menores, y hubo quien me tachó de antigua y de retrógrada. Pero lo mantengo, porque ya hay más culo que playa en muchas costas españolas. Y no porque sean mejores o peores estéticamente (más bien peores), es que es innecesario y ordinario.

En las ciudades de interior no crean que mejora la cosa, es más de lo mismo. Disfrazados para ir a ver iglesias, algunos turistas se quejan de que no pueden entrar semi desnudos en los templos, pero jamás se plantean no cubrirse el pelo o los hombros si entran a ver Santa Sofía, que ahí no se andan con bromas, que para eso son una religión «de paz» y tal.

Así que el verano tiene cosas maravillosas, sin duda, pero en ocasiones se echa de menos un frío polar que devuelva, si no la elegancia del invierno, un poco de pudicia a nuestras calles. Y unos pies más tapaditos.

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