Opinión
César en Santander
A la memoria de César García, hijo predilecto de Cáceres. A ti, César, por tus buenas maneras y tus muchos talentos… A ti, Rey Melchor… ¡Va por ti, César!
Al entrar en el Museo Taurino de Santander te recibe un soneto de César García. Tuve poco trato con él, pero el que tuve bastó para que me deslumbrara. Era uno de esos tipos que uno agradece a Dios haber puesto en el camino. De César me deslumbraron por igual sus buenas maneras y sus muchos talentos. Tenía el don de la buena planta por dentro y por fuera. Hubiera querido oírle más, compartirle más, pero, la barca partió demasiado pronto.
Al verle allí, colgado de los catorce versos de un soneto, por un instante le creí vivo. Y es que Santander por Santiago tiene, además de feria, magia. A veces me recuerda los mejores años de la feria de Olivenza, lugares ambos dos donde la gente, la del toro y la otra, quiere estar. Santander, que vio languidecer su feria, es ahora, sin duda, la gran feria del norte. Santander palpita toro.
La Virgen de la Amargura, el veinticinco de julio, baja en procesión a hombros de sus costaleros al coso de Cuatro Caminos. Allí, con sus báculos, la esperan los curas y Garzón como si lo fuera. Garzón es el empresario de esta plaza (y también de la de Cáceres). No sé si será cuestión de báculos, pero José María Garzón, al frente de Lances de Futuro, algo tiene que ver en esta resurrección (así sea también en Cáceres).
Van entrando todos tras la Virgen, galana y niña, manto de grana y oro, junto a ella, junto al altar, sobre la arena roja rojísima de la tierruca, y se emplazan frente a un tendido repleto. La primera vez que presencié una misa en un ruedo no tendría yo más de ocho años; creo que era una misa funeral, éramos pocos, muchos menos de los que hoy aquí nos reunimos, era Bilbao, pero aquellos que allí estaban se me antojaban de ley…
César era hombre de Fe y de toro. De lo uno y lo otro dejó obras y letras. Yo le admiraba en todos sus palos y, en eso, quiso Dios llevárselo… En la agenda de mi teléfono la letra más concurrida es la erre, la erre de RIP. Antes borraba a los muertos, ahora, cuando sé que ya nunca llamarán, les coloco el RIP por delante, que me parece más piadoso y así, al menos, me los tropiezo de cuando en vez. César, en su último mensaje me hablaba de cuando fue Melchor en la cabalgata de Cáceres al saber que yo lo fui en la de Badajoz… Y ahora aquí, tan lejos, me asalta a punta de versos. Ha sido Carmina Santos, la pintora, la que ha querido rescatar los que César dedicara al aleteo de sus abanicos: “alas sobre el tendido, mariposas de alegre colorido…”
Carmina Santos, otro pedacito de Cáceres, me cuenta que viene de exponer en México y que pronto lo hará en Italia. Entre sus cuadros una deliciosa acuarela de la taquilla del Coso de la Era de los Mártires… tan lejos y tan cerca. Y de Cáceres, en los carteles, Emilio de Justo. Y de Villafranca de los Barros el bueno de Santiago Román, al que felicito, y entre felicitaciones nos vamos a comer al Club Taurino (guiso de patatas con carne para trescientos). Charlamos y reímos, y compramos papeletas para el sorteo del jamón (que no, que no sortean anchoas, que sortean jamones). Comemos y hablamos de toros, de lo grande que es España, del mar que se adivina… y de los tentaderos entre encinas y jarales allá en la tierra nuestra. ¡Va por ti, César!
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