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Opinión | Desde el umbral

Desubicados

Algunos no toleran que haya quien se salga del redil

Una multitud en la calle.

Una multitud en la calle.

No todo el mundo se siente integrado en el tiempo y el lugar en que le tocó vivir. Hay quien sueña con horizontes lejanos y quien se imagina en periodos históricos pretéritos. También hay personas que fueron a posarse en una época en la que se muestran como adelantados a su tiempo, y muchas veces son víctimas de la incomprensión, el desdén y hasta el rechazo o la condena social. Si echamos la vista atrás, nos encontraremos cantidad de genios o de sujetos brillantes que tuvieron que sufrir un auténtico martirio por ver lo que otros no veían y anticipar el futuro, o simplemente por pensar o actuar de un modo diferente al propio de su comunidad. En no pocas ocasiones, su carácter visionario, sus ideas, sus predicciones o sus inventos sobrevivieron a un tiempo de sombras, oscuridad, parálisis o conformismo y se asentaron en la vida de sociedades más preparadas y avanzadas. La humanidad ha sido, por lo general, bastante cruel con los distintos, con los disidentes y con aquellos que cuestionaban un orden establecido o cualquier idea ya asentada. Pero, sin la existencia de ese tipo de personas, lo más probable es que aún siguiéramos metidos en cuevas o solucionando cualquier discrepancia a garrotazo limpio. El ser humano tiende a un cierto gregarismo. Le gusta verse rodeado de sus semejantes y sentir la aceptación, suavidad y calidez del rebaño. Algunos no toleran que haya quien se salga del redil, aunque la masa borreguil se conduzca sin remedio hacia un precipicio.

El ser humano tiende a un cierto gregarismo. Le gusta verse rodeado de sus semejantes y sentir la aceptación, suavidad y calidez del rebaño. Algunos no toleran que haya quien se salga del redil, aunque la masa borreguil se conduzca sin remedio hacia un precipicio

Por eso, desde la escuela y hasta en la más avanzada edad, vemos cómo se aparta, se silencia, se hostiga e incluso se agrede, de mil y una maneras diferentes, a quien osa ser genuino, auténtico y huidizo del pensamiento único y la doctrina general. Con demasiada frecuencia, se matan creatividades, se cortan alas y se incinera el alma de seres que podrían haber volado alto, que podrían haber sido felices y haber aportado mucho bueno al conjunto de la sociedad. Ni la estricta obediencia, ni la absoluta anarquía conducen a nada bueno. Una, porque paraliza. Y otra, porque somete de igual modo pero con distinta apariencia. Igualmente, el ser humano no está configurado ni para el individualismo más egoísta ni para el borrado de su propia personalidad para disolverse en la marea de lo común. Como en casi todo en la vida, hay que perseguir un cierto equilibrio. No es sencillo. Cada vez menos. De ahí la importancia de una reflexión profunda sobré qué estamos haciendo como sociedad y hacia dónde nos dirigimos. Porque la turba sigue prendiendo y alimentando las hogueras de antaño. Y la muchedumbre sigue siendo tan poco válida para sentenciar la vida de nadie como en tiempos de la caza de brujas.

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