Opinión | Con permiso de mi padre
Qué perdón ni perdón

Obra pictórica sobre la llegada de los españoles a América. / CEDIDA
Se ha dicho muchas veces que juzgar con los ojos de ahora lo que se hizo hace tiempo es bastante absurdo, más en un mundo cambiante y que algunos tratan de dirigir hacia donde más les conviene.
Un ejemplo sencillo: recuerdo perfectamente médicos pasando consulta en el hospital y fumando como carreteros (también profesores de la universidad en sus clases). Ahora todos somos conscientes de las consecuencias del tabaco sobre la salud y nos hemos ido al otro extremo, al de pretender que casi ni se pueda fumar en la propia casa, a pesar de que el Estado sigue recibiendo buenos beneficios por los impuestos que aplica a “las labores de tabaco”.
Del mismo modo, las mujeres (hoy, y en España) no necesitan del permiso de maridos o padres para abrir una cuenta en un banco o para viajar, pero no hace mucho tiempo eso no era así y se aceptaba que estuvieran “tuteladas”, como si fueran incapaces de administrarse por sí mismas.
La sociedad y sus valores cambian, aunque tengo que decirles que no siempre para bien, porque el hecho de que algo esté institucionalizado no significa que sea lo correcto, sino que simplemente existe una mayoría (o una unión de minorías) que ha conseguido, más o menos forzadamente, imponer su visión.
Por aclarar: todo este rodeo viene a cuento de la pretensión de la presidenta de México de que España pida perdón por la conquista de América. Con el tiempo ya he comprendido que intentar explicar lo de la leyenda negra y el interés de los ingleses en hacernos pasar por lo que en realidad ellos eran (esclavistas, racistas, explotadores…) resulta absurdo ante quienes no quieren argumentos, sino simplemente repetir mantras aprendidos o heredados con los que justificar sus complejos, fobias, frustraciones y odio.
Evidentemente, ante muchas de las situaciones que se dieron en el siglo XV (quince, aclaro, porque esto creo que ya no es materia de estudio) hoy no se actuaría de la misma manera, pero la realidad es que quienes exigen ese perdón son, seguramente, más culpables de la situación actual de sus naciones que los españoles que seguimos en nuestro país.
Perdería el tiempo explicando, por ejemplo, que no eran colonias, sino virreinatos o provincias de ultramar, con equivalente posición jurídica que los territorios peninsulares; o que se dictaron leyes para la protección de unos autóctonos a los que se equiparaba con los españoles en materia de uniones, herencias y nivel social. Que se invirtió en universidades y hospitales mucho antes de que los británicos pensasen siquiera en dar a los nativos la categoría de seres con alma. Y hay miles de ejemplos más, uno para cada día del año si quieren.
Pero ya les digo que en estos tiempos intentar enfrentar hechos con sentimientos o ideologías es una batalla perdida, porque hay quien no quiere saber, sólo quiere sentirse ofendido, maltratado o con derecho a una compensación por no sé qué ofensa más o menos imaginaria que le convierte en un resentido vital.
Yo prefiero quedarme con lo que nos une, nos iguala y a la vez nos diferencia. Viva Hispanoamérica y todos los que nos sentimos parte de ella. Aunque ya sea 14 de octubre, porque esto cuenta para todos los días.
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