Opinión | Macondo en el retrovisor
Disociados
Una gran mayoría, capitaneada por las generaciones más jóvenes, vive y acepta un mundo en el que Alicia ha dejado de imaginar qué hay al otro lado del espejo, porque el reflejo se reivindica a cada instante como realidad

Liam Payne. / EL PERIÓDICO
De todas las cosas que se han dicho sobre la muerte de Liam Payne en los últimos días, una de las más interesantes es la reflexión que el periodista Manuel Jabois hizo en la SER, a las pocas horas de la tragedia. Dijo que el suceso representaba a la perfección la habitual colisión entre dos mundos: el de la realidad y el de las redes sociales. Planteaba la paradoja que supone el hecho de que, el que fuera cantante del exitoso grupo One Direction, hubiera colgado pocas horas antes de fallecer, al caer de un tercer piso de un hotel en Argentina, fotos idílicas con su novia, cuando, poco después, se encontraba en un estado mental tan preocupante, que los trabajadores del establecimiento llamaron a los servicios de emergencia, porque temían por su vida. Desgraciadamente no pudieron salvar al joven de 31 años, porque a su llegada los sanitarios no pudieron hacer ya nada por él.
Efectivamente, este terrible suceso ha dejado en evidencia, una vez más, la clara disociación que existe en la vida de muchos entre lo que nos ‘venden’ de su existencia, en el escaparate virtual elegido por cada uno, y lo que de verdad les sucede, por dentro y por fuera. Una tendencia tan habitual como peligrosa, y aunque recordarlo continuamente parece una perogrullada, el triste desenlace del malogrado cantante nos debería hacer sospechar que no está de más abundar en ello.
Resulta impactante cómo hemos asimilado el hecho de que muchos tienen dos vidas/apariencias totalmente separadas y a veces aparentemente irreconciliables. Pero lo más sorprendente es la ‘normalización’ de que la balanza parece siempre inclinarse hacia el mismo lado.
Hasta tal punto que la parte ficticia es la oficial y la otra vive encerrada en un ‘armario’, que sólo los más cercanos conocen, porque de alguna forma los interesados consideran que no es presentable, ni va a tener seguidores ni ‘me gusta’.
Una gran mayoría, capitaneada por las generaciones más jóvenes, vive y acepta un mundo en el que Alicia ha dejado de imaginar qué hay al otro lado del espejo, porque el reflejo se reivindica a cada instante como realidad y de alguna manera, aunque todos sepamos que no lo es, hemos colaborado de manera activa o pasiva en la perpetuación de su mandato y su tiranía.
Crear mundos paralelos o elaborar ‘alter egos’ en los que proyectar lo mejor de cada uno para sentirnos más seguros son prácticas y estrategias tan viejas como el mundo y ahí están el arte y la literatura para constatarlo. Utilizarlos como vía de escape y de catarsis es opcional y saludable, el problema radica en no saber volver o transitar entre las dos realidades, que es lo que les está sucediendo a muchos millennials y centennials. Y sobre todo, lo peor está en creer que la parte que no es impostada es algo terrible que hay que esconder a toda costa, porque nadie nos va a amar o a admirar por ella.
Las redes sociales no son ni mucho menos el reflejo fidedigno de nuestra apariencia, de nuestra vida o nuestro estado de ánimo. Todos, o muchos, lo tenemos claro y de alguna manera sabemos que la mayoría del tiempo simplemente ofrecen una interpretación ‘filtrada’ y ‘maquillada’ de nosotros mismos o nuestra existencia, sin embargo, tendemos a olvidar que el mismo principio se aplica a las de todos los demás. Si las empezáramos a utilizar también para todo lo contrario: para exponernos vulnerables y reales, para mostrar la cara ‘B’ de nuestro día a día, el lado oscuro de la luna, quizás serían mucho más beneficiosas para el prójimo y para nosotros mismos. Porque nos ayudarían a darnos cuenta de que todos tenemos fantasmas, mala cara, ratos jodidos y nudos en la garganta.
Algunos se sentirían así menos solos, y sobre todo, sufrirían menos presión y ansiedad de estar a la ‘altura’ de todos esos referentes o ‘influencers’ a los que siguen y veneran, olvidando que al apagar la cámara y el aro de luz no son más que simples mortales. Cuando entendamos que no sólo nuestra mejor versión se merece los pedestales, los focos y los escaparates; ni nuestros demonios y malos días, el castigo de vivir escondidos en la oscuridad o encerrados con llave en la habitación de un hotel, habremos avanzado mucho en salud mental. Dejemos de separar lo que creemos ‘bueno’ y ‘malo’ de nosotros, porque es pura ficción y claramente tóxico. No es tarde para dejar de vivir y morir disociados.
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