Opinión | Zona Zero
Granadilla, reservorio del mal de Stendhal
Granadilla es un sueño roto por el que se puede transitar. No está en las grandes rutas de los viajeros por Extremadura, pero es un recorrido imprescindible.

Castillo de Granadilla, a la entrada del pueblo. / EL PERIÓDICO
Granadilla tiene el encanto de lo auténtico en trance de recuperación y despierta la curiosidad del caminante en un espacio repleto de naturaleza, pero abandonado a mediados de los cincuenta. A Granadilla hay que ir expresamente, por una carretera de pinares y ciervos. En los troncos de los árboles ahora apunta el anaranjado sombrero de los níscalos, y el Gabriel y Galán en estos días de viento se transforma en un improvisado mar tierra adentro.
Granadilla no es un pueblo fantasma. Todo lo contrario. Su castillo a la entrada es un trasunto de la belleza que encuentras tras sus muros. Si subes a él, el pantano a un lado y el pueblo al otro, ofrecen juntos una visión a dos aguas de cómo Cáceres tiene milagros cotidianos, posibles de palpar, que en invierno multiplican su carácter melancólico. El viajero cuando recorre la muralla se pregunta por qué se cometió ese sindiós con sus habitantes, obligados a abandonar un paraíso en vida por la construcción del embalse de Gabriel y Galán, y compensados por debajo del valor real de sus tierras. Al final las aguas no sumergieron al pueblo, pero acabaron con las vegas que eran su sustento. En 1965 se fueron de allí sus últimos moradores. Hoy, los pocos que quedan solo vuelven para las misas del Día de Difuntos y la Virgen de Agosto. La escuela, la biblioteca y la tahona cobran vida en su imaginación en cada regreso. Granadilla está inmersa en un programa de recuperación, pero imagínense el trabajo que es recuperar un pueblo por completo. Algunos edificios ya han recobrado su esplendor primigenio, pero otros aguardan la mano de los aprendices de albañilería. Y hacen falta más medios económicos.
Este pueblo congelado tiene que servir de recordatorio de cómo la estulticia de muchas decisiones políticas acaba con las esperanzas de las personas. En estos días de otoño, con la fina lluvia en la cara, los gatos merodeando el aparcamiento y el rumor de oleaje en el pantano, su visita es casi obligatoria. Ya pocos supervivientes de entonces regresan a esa Granadilla, ahora con cancela, pestillo y recorrido con guía. Su belleza es todo un peligro y tras visitarlo puedes regresar a tu casa enfermo del mal de Stendhal.
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