Opinión | Desde el umbral
Otoño en el pueblo
La imagen de la infancia, que se anhela con más fuerza

Paisaje de otoño.
Una alfombra de hojas granates, amarillas, marronáceas. El viento que silba y sopla, y que mece las ramas desnudas. Gotas de lluvia que cuelgan de ellas, y caen y se vierten en el suelo húmedo. Granadas, caquis, nueces y membrillos. Paraguas y abrigos. Jerséis de punto y de lana. Pijamas y chándales. Calcetines gorditos. Aroma a la madera que se quema en las chimeneas. El humo que se confunde con las nubes. Las paredes de piedra tapizadas de musgo. La hierba que crece en los huertos. Un ladrido allí, un aullido allá. Cacareos y maullidos. Un burro que rebuzna. El tintineo de los campanillos del rebaño en la distancia. El plato de cuchara que conforta el estómago. Cocidos y estofados. Unas migas, con sus ajos, sus pimientos y aceitunas. Y casamientos, mandarinas y una rosca con su huevo por La Chaquetía. Y castañas churruscadas. Mantas y edredones. La noche oscura que llega pronto. Las calles solitarias. Farolas que parece que iluminan algo menos aunque no sea así. Conversaciones a la lumbre. El crepitar de la leña quemándose. Las muelles atizando. Y el calor más natural, y esa luz anaranjada que embriaga. Algunos braseros de picón todavía. Y las enaguas. Alpargatas y batas. Vaho. Manos curtidas que se frotan para entrar en calor. Ancianas con la manta de punto por lo alto. Los hombres de edad con sus gorras de cuadros. La parroquia y sus oraciones.
La memoria de los días que pasaron. Lo nuevo, lo que no hace tanto que ha nacido, que hace que todo brille y da esperanza
Flores para los difuntos. Dedos que amarillean o ya están tostados por ese calor del tabaco de diez mil pitillos consumidos. Los niños en la escuela. Los maestros enseñando. El jolgorio del recreo. Bocadillos y donettes. Bollycaos y batidos. Perrunillas, bizcochos, flores y roscas fritos en las casas. La matanza. Las artesas, los pucheros, los peroles. Los felpudos en el suelo. El tocino arropado con la sal en los cajones. Las botas, las bufandas, los guantes, las parcas. Una peli acurrucados. Un libro en la mesilla. La edad que se percibe en las manos y rodillas, en la espalda y la cintura. Las arrugas en la piel, o la tez ya cuarteada. Los mandaos, por las mañanas. Los quejíos de los viejos del lugar, que madrugan y es mal síntoma si se paran. Las ausencias, que se notan más que nunca en estas fechas. La imagen de la infancia, que se anhela con más fuerza. Los recuerdos que brotan. La memoria de los días que pasaron. Lo nuevo, lo que no hace tanto que ha nacido, que hace que todo brille y da esperanza.
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