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Opinión | Nueva sociedad, nueva política

El dragón

Cáceres, símbolo de la colonización turística y cultural

Durante más de quince días hemos estado soportando en Cáceres la propaganda sobre el desembarco que se produciría este último fin de semana, con la parafernalia publicitaria de las series estadounidenses Juego de tronos (David Benioff y D.B. Weiss, 2011-2019) y La casa del dragón (Royan Condal y George R.R. Martin, 2022-2024).

Porque de eso se trata: de publicitar un inmenso negocio que hace millonarias a pocas personas, la mayoría de ellas residentes en el país que pronto presidirá Donald Trump. El propio nombre del evento, ‘Ciudad de dragones’ ( ‘City of Dragons’, ni en traducirlo se han molestado), debería resultar ofensivo para la ciudadanía de Cáceres, en cuanto que podría parecer una ciudad asociada a la imagen mítica del dragón desde que en 2017 tuvo la desgracia (suerte, para algunos) de aparecer por primera vez en las imágenes de la serie.

La leyenda de San Jorge y el dragón, que hunde sus raíces históricas y culturales en los siglos III y IV, y que se encuentra extendida por todos los lugares del planeta, dio lugar a la fiesta local de Cáceres, de la que San Jorge es patrón. Igual que ocurrió con la fiesta yanqui de Halloween contra la tradicional festividad autóctona del uno de noviembre, más pronto que tarde el dragón de San Jorge será sustituido por los de Desembarco del Rey.

El rey turismo hace ya algunos años que desembarcó en esta bella ciudad extremeña para destruirla. Su casco antiguo ha sido ya prácticamente colonizado por apartamentos turísticos, hoteles de lujo y restaurantes que solo pueden pagar los millonarios extranjeros. Dentro de pocos años ni un solo cacereño vivirá en el barrio, que se parecerá mucho a otros cascos antiguos de España, como el de Santillana del Mar: una sucesión de tiendas de recuerdos que no solo disuade a sus vecinos sino también a cualquier visitante con mínima sensibilidad cultural.

El dragón del capital, bien sea en forma de multinacional minera especulativa o bien en forma de colonización turística inasumible para una ciudad de su tamaño, se está comiendo Cáceres como ya se ha comido otras de nuestras ciudades, a las que pocos españoles quieren ya viajar. Los espacios permanecen ahí, pero no su alma, ni sus gentes, ni su historia, ni su cultura. Se convierten en una caricatura de sí mismos, como la Venecia italiana que pareciera que esperamos ver cómo se hunde bajo las aguas.

Cáceres se convertirá pronto en un símbolo de cómo la avaricia de los dueños extranjeros del capital turístico, con la complicidad de empresarios, políticos y comisionistas locales, hace que una ciudad se disuelva por entre las imágenes de la cultura de masas.

Antes de que llegue eso, debería existir un movimiento social cacereño (extremeño, en realidad) que contuviera la extracción de recursos que se llevará por delante la identidad de la ciudad y de la región. De momento hay poco de eso. Se impone la máxima «pan para hoy, hambre para mañana». Habrá hambre.

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