Opinión | Desde el umbral
Luces
Las ciudades ya están iluminadas. Ojalá no falte al menos un chispazo de felicidad en el interior de cada hogar

Luces navideñas que iluminan estas fechas. / Rafa Molina
Aunque parece que se haya abierto una competición global entre ciudades por elevar el número de luces hasta casi el infinito, para ser más que el vecino y salir en más telediarios, la cuestión no es quién pone más luces, sino quién ilumina con más gusto, encanto y criterio. Porque las luces, en este momento del año, no deberían ser potentes focos que se proyectaran para atraer al gentío o provocar una ceguera transitoria, sino hermosos destellos puntuales para embellecer rincones encantadores, espacios significativos y lugares emblemáticos o adorables, para dotar de ese punto de magia a un simple paseo, para iluminar los sueños de inocencia de los niños, para dar esperanza a los embargados por la tristeza.
A veces, el buen gusto también está asociado a procurar la dimensión justa y la ubicación exacta. Un reparto por doquier y la elevación del número a la enésima potencia a menudo concluye simplemente en la generación de una horterada grandiosa. Luego, ya si hablamos de tonos y colores, pues la cuestión va asociada a la persona o a su personalidad. Hay quien prefiere el colorido y quien se decanta por el monocolor. Sí es verdad que está estudiado que hay tipos de luz y colores que excitan o activan, y otros que relajan o serenan. Y, probablemente, las elecciones en uno u otro sentido definen a quienes las toman, y describen, de algún modo, sus expectativas y anhelos para estos días navideños que ya se vislumbran.
Creo que siempre hay alguna razón para aflorar ese niño interior que nadie debería perder del todo.
Todo es respetable, porque cada cual sabe sus circunstancias, necesidades y hasta el origen de sus caprichos. Pero es fácilmente reconocible tanto lo estridente como lo dulce y delicado. Si hablamos de luces, un apartado es el de la calle, y otro, el del hogar. Ahí es donde, con unas luces y una determinada decoración, se proyecta mejor lo que somos y lo que queremos o en qué circunstancias nos movemos y de qué emociones y sensaciones estamos colmados o queremos embriagarnos. Hay gente que ilumina porque la luz de su alegría colma los poros de su piel, y gentes que hacen un poder y ponen las bombillas, las bolas, las cintas y las figuras para hallar algún viso de luz o para que los demás disfruten, aunque estas fechas les despierten cierta tristeza por las ausencias, las pérdidas o alguna oquedad del alma. Creo que siempre hay alguna razón para poner un punto de luz, para abrigar el hogar, para acariciar e ilusionar a los niños que nos rodean y para aflorar ese niño interior que nadie debería perder del todo. Las ciudades ya están iluminadas. Ojalá no falte al menos un chispazo de felicidad en el interior de cada hogar durante estas fechas entrañables.
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