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Opinión | Trazos y travesías

La belleza de lo sencillo

El momento del baño de mi hija es parte de un ritual diario que se repite siempre del mismo modo. La acuesto en el cambiador, que ya casi no la contiene, le quito los zapatos y le beso los pies. Procedo a olerlos luego para decirle, con canciones, que huelen a quesito, y ella, como si me entendiera, se ríe por mi tono de voz, mostrándome sus tres dientes y medio. 

Al desnudarla, la acerco a mí y la aprieto contra mi cuerpo, envuelta en una toalla blanca, para llevarla a la bañera, previamente llena con agua calentita, patitos, dados y aros de varios colores brillantes que la aguardan. Durante el paseo a la bañera, ella se ríe a carcajadas. El roce de su cuerpo escurridizo con mi ropa supongo que le hace cosquillas. 

Su risa escandalosa se traslada por los oídos, me toma toda la cabeza, inunda la casa y me produce más serotonina que cualquier píldora de diseño de laboratorio. Siento el aleteo de las mariposas en el estómago que no sentía desde la infancia, cuando anticipaba una tarde de pesca con mi abuelo con piques incluidos, a ver quién ganaba.

-¡Feliz chapotea, feliz en el agua!- le canto. Ella mueve sus piernecitas enérgicas y delgadas llenando de gotas mi ropa y mis gafas. Enjabonarla, deslizar la esponja por su cuerpo pequeño con delicadeza, aclararla con una jarrita, para mayor precisión, y verla relajada sonreir en ese calor líquido me lleva a los días de embarazo, cuando, encogida sobre sí misma, la imaginaba flotando dentro de mí mientras se iba gestando a pataditas.

Vuelvo a envolverla en la toalla blanca y vamos quitando la humedad de su cuerpo, con el calefactor de testigo. Mientras uno le va poniendo su body y su pijama colorido de tacto de peluche, la otra elige con gusto e ilusión la ropa para el día siguiente. Los bebés tienen dignidad y debemos vestirles acorde, pienso cuando escojo qué llevará durante la jornada.

Y así, con su pelo suave, su pijama y su limpieza, la acunamos para descansar, con caricias y canciones. Todavía no sé si en ese ritual calmado soy yo quien va a dejarla reposando en un ambiente sereno y rodeada de seguridad y paz, o quien las encuentra en esos gestos diarios y previsibles que voy creando, mitad desde la responsabilidad, mitad desde la intuición.

Ya lo decía Santo Tomás de Aquino: «si pierdes la fe, actúa como si la tuvieras y la fe regresará». Y así, con estos hábitos sencillos y nuestro esfuerzo por alimentarla nutriéndola y no cebándola, respetando su descanso y construyendo con goce y límites razonablesla intimidad familiar, vivimos los tres en sintonía y equilibrio. Con eso y con todo, cada día a su lado viene plagado de sorpresas y grandiosidad. Nunca faltan las risas, benditas risas.

Así que, por el momento del baño, por el de la comida y por el del descanso, por lo feliz que me hace verte jugar con tus compañeros y compañeras de guardería cuando corro del trabajo a buscarte, por tus bailes infinitos y por toda la paz y la estabilidad que han traído tus rutinas a nuestras vidas, una vez más: Gracias, cariño. 

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