Opinión | MACONDO EN EL RETROVISOR
El indomable Bardón
Supe que sobre todas las cosas Diego era único, generoso y valiente para seguir su instinto y su curiosidad por las diferentes doctrinas, oficios y aficiones

Diego Bardón. / CEDIDA
Mi primera toma de contacto con Diego Bardón fue su leyenda, preparando un reportaje para la sección de Toros de mi primer periódico. Y cada pincelada de la misma que encontraba, buceando en la documentación y en las anécdotas contadas por mi compañero y mentor, Antonio Barquilla Rosas, que le conocía bien, me pintaba el retrato de un hombre difícil de clasificar y mucho menos encasillar. Ácrata, polifacético, anti sistema, torero, apoderado, periodista, artista, intelectual, filósofo, corredor, de fondo y de forma; pero sobre todo vividor, en el sentido más literal de la palabra, porque en una sola existencia le cupieron al ‘maestro’ muchas vidas. Y muy bien aprovechadas.
Tanto se había inflado el ‘personaje’ en mi imaginación que cuando por fin llegamos a la cafetería Galaxia, en la que habíamos quedado y me lo encontré sentado frente a un cámara y un periodista francés, que habían venido a Badajoz sólo para entrevistarle, me quedé perpleja al contemplar a aquel señor elegante, educado y enjuto, que rozaba una timidez incongruente.
Luego, ya sentados, charlando sobre lo divino y lo humano y sin echarles mucha cuenta a las grabadoras que tenía delante, Diego empezó a hablar y cuando aquellos ojos traviesos, en los que todavía se asomaba el niño curioso que seguramente fue cuando crecía en su Fuente del Maestre natal, sonrieron de par en par, por fin me di de bruces con el ‘indomable’ torero pánico.
En aquella conversación deliciosa aprendí que fue un novillero atípico, que nunca llegó a tomar la alternativa y que estuvo ‘prohibido’ en los carteles por orden del mismísimo Franco. Aunque llevaría su amor por la tauromaquia por bandera durante toda su vida, defendiéndola con corazón, pero también con mucha cabeza.
Porque un repaso rápido por su biografía única y renacentista es suficiente para tener muy claro que Diego era dueño de un coco privilegiado, que le valió el reconocimiento y la amistad de intelectuales de la talla de Jodorowsky, Roland Topor o Fernando Arrabal, creadores del movimiento francés ‘Panique’, a los que él definía con orgullo como sus «almas gemelas».
Después supe que sobre todas las cosas Diego era único, generoso y valiente para seguir su instinto y su curiosidad por las diferentes doctrinas, oficios y aficiones por los que se paseó con autoridad y desparpajo. Ya fuera como periodista del recién estrenado ‘Diario 16’ de la época, siguiendo en sus giras a Julio Iglesias o a Miguel Bosé; o como maratonista tardío, un interés que descubrió a la tierna edad de 53 años y en el que se convirtió en referente mundial. Con 38 en su haber, muchos de esos maratones los corrió de espaldas, una modalidad que inició por galantería y se convertiría en su sello personal.
Me bastó aquel primer encuentro para entender la fascinación y la admiración que mi querido Barquilla sentía por aquel loco lúcido y cultísimo. De aquella entrevista salió uno de los mejores titulares que me ha regalado nadie: «Voy a abrir una casa de tontos en Extremadura»; y una amistad, que gracias a Antonio, pude cultivar durante los años que viví en la capital pacense.
En todo aquel tiempo, no logré descifrar la mayoría de las incógnitas que conformaban su encanto y su misterio. Siempre me intrigará cómo se alinearon los astros para que en aquella Extremadura de la más oscura posguerra, nada menos que en el año 41, naciera aquel hombre libre y sin complejos, que años después viajaría por todo el mundo con naturalidad y sin idiomas, mientras la mayoría de sus paisanos no habían salido, no ya de su provincia o su región, sino apenas del pueblo.
Me encantaría conocer las circunstancias que facilitaron que durante su ajetreada vida se codeara con lo más granado de la vida social, artística e intelectual de España y del extranjero, con la misma sencillez y respeto que trataba a los vecinos de sus amadas Hurdes: sin darle más importancia que el enriquecimiento personal que le habían aportado
La semana pasada nos dejó este extremeño universal, que iluminó con su lucidez y con su singularidad muchas vidas, la mía incluida. Y es posiblemente improbable pensar que en estos tiempos en el que el personal se rompe los sesos por arañar un puñado de ‘likes’ o de seguidores en las redes sociales, pueda nacer otro Bardón. Un genio, a menudo vestido de andar por casa, que lo intentó todo con la indiferencia de los sabios sin dejar nunca de elogiar a los tontos. Que la tierra te sea leve Diego.
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