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Opinión

¿Cómo distinguir a un científico de un charlatán?

Fake news

Fake news

Es evidente que los bulos se han convertido en un problema social, pero ¿Quién determina si una información es bulo? ¿Dónde está el límite entre la libertad de expresión y la censura? En este sentido, me incomoda que los «verificadores» se arroguen también la capacidad de determinar lo que es o no es científico. Ciertamente, que no se deben igualar las opiniones de un diletante con la de un profesional.

Ahora bien, ¿Cómo distinguir a los científicos ‘puros’ de los ‘otros’ científicos, que por tener opiniones también argumentadas pero contrarias la oficialidad, pueden ser tachados de “charlatanes”? Observo con estupefacción que, para mucha gente, si las aseveraciones de un científico coinciden con una determinada ideología política es un científico creíble, mientras que el «discrepante» pasa a la categoría de «negacionista». Esto es constable en los medios de comunicación y las redes sociales, donde pululan los denominados «todólogos», que se permiten exponer incoherencias o juzgar sobre ciertos temas careciendo de la mínima formación ni constatación empírica. Son los chamanes informativos que dan satisfacción a su «clientela» propensa al adoctrinamiento, y que después repiten por doquier esos falaces discursos, según decía Umberto Eco, sin ningún sustento gnoseológico ni epistemológico.

Observo con estupefacción que, para mucha gente, si las aseveraciones de un científico coinciden con una determinada ideología política es un científico creíble, mientras que el «discrepante» pasa a la categoría de «negacionista»

El interés político y de ciertos lobbies por el control de la información refleja con frecuencia una fricción entre el deseo de dominar y organizar la sociedad y las aspiraciones individuales de autonomía y acceso al conocimiento riguroso.

Según M. Foucault, el poder no sólo se ejerce por la fuerza sino a través del control de la información que permite modelar narrativas que justifican el ejercicio del poder en sí mismo, normalizan las desigualdades y refuerzan las jerarquías políticas. Por eso, con un enfoque hobbesiano, la vigilancia y registro de la información podría justificarse como una herramienta para mantener la paz social y evitar el caos, convirtiéndose el monopolio de la misma en una extensión de la fuerza de los poderosos para «garantizar el orden».

El interés político y de ciertos lobbies por el control de la información refleja con frecuencia una fricción entre el deseo de dominar y organizar la sociedad y las aspiraciones individuales de autonomía y acceso al conocimiento riguroso.

Consiguientemente, el control de los medios que muchos plantean imponer, con la excusa de erradicar los fake news, me recuerda al “Mito de la Caverna” (Platón), para moldear la percepción social de la realidad manteniendo a las masas en un estado de conformidad, sin rebelión en el sentido “Orteguiano”, ya que la propia masa (que acepta la información dimanada de las élites) se encargará de eliminar a todo aquel que no piense como la mayoría. También, el dominio social se ejerce con estrategias de manipulación, ya sean a través de las emociones, la gradualidad de las imposiciones emocionales o reforzando la autoculpabilidad (Noam Chomsky).

En definitiva, no serán los hechos objetivamente acontecidos lo que importe sino la lucha por aplicar una interpretación específica de la realidad que favorezca a ciertos intereses políticos o plutocráticos. Por ende, es más necesario que nunca la libre circulación de ideas base del progreso humano. Restringir o manipular la información, incluso la puramente científica como se viene haciendo, bajo el velo de lo “políticamente correcto”, equivale a oprimir la capacidad de las personas para llegar a la verdad a través del raciocinio, analizando diferentes perspectivas y no silenciando o estigmatizando a las teorías discordantes.

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