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Opinión | Trazos y travesías

A la memoria de la señora Eufemia Sierra Blázquez

Uno de los valores que nos ha inculcado es el respeto a los mayores, y allí estábamos todos, sentados a las mesas del tanatorio esta Nochebuena

Dos abuelos pasean a su nieta

Dos abuelos pasean a su nieta

Los viernes salía del instituto con una alegría inmensa porque me daban permiso para quedarme en casa de mis abuelos. Hacia allí dirigía mis pasos. Al torcer la esquina hacia la calle Fuente, veía la parte superior de la fachada de su casa a lo lejos. Mi abuelo estaría a la puerta, lo anticipaba por pura intuición o por rutina, y lo confirmaba cuando escuchaba los cascos de Lucera, su yegua, chocar contra el cemento duro de la acera.

Siempre le daba un beso yo primero y él respondía con un abrazo que metía mi cara en su pechera entreabierta. Olía a sol y a charca. En la cocina guisaba mi abuela. Todos los viernes la veía aparecer tras el humo que salía de la olla exprés, a modo Lluvia de Estrellas, aquel programa que presentaba Bertín Osborne cuando todavía era el sueño húmedo de las señoras. El beso de miabuela era más escueto, porque las mujeres de mi familia sostenían los cuidados con afán, pero eran parcas en cariños, no les gustaba resultar sobonas. Me daba la orden de siempre: «lávate las manos y esa cara» y yo, muy diligente, salía corriendo hacia la manguera del patio. Cuando mejor me lo estaba pasando con la fiesta del agua, volvía a oír la voz en grito de mi abuela, que me llamaba para comer. Así que iba y ocupaba mi sitio; mi abuelo, el suyo; mi abuela, el de ella. Todo estaba como debía estar.

En la cocina guisaba mi abuela. Todos los viernes la veía aparecer tras el humo que salía de la olla exprés, a modo Lluvia de Estrellas, aquel programa que presentaba Bertín Osborne cuando todavía era el sueño húmedo de las señoras

Como cantaba Rocío Jurado: «¡Qué no daría yo por empezar de nuevo!». Pero mi abuelo falleció hace doce años, y mi abuela, con su sentido del humor mordaz, ha decidido este año que su familia no se iba a separar en Nochebuena por primera vez solo por su parálisis motora y no caber todos en su casa. Así que las 11 de la mañana del día 24 de diciembre nos dijo que hasta ahí podíamos llegar con el plan de cenar en dos grupos, y se marchó. Como uno de los valores que nos ha inculcado es el respeto a los mayores, allí estábamos todos, sentados a las mesas del tanatorio esta noche de Nochebuena. En ese momento, me habría merecido la pena ser creyente sólo para imaginarla riendo mientras nos veía cumpliendo su voluntad sin rechistar, todos juntitos y callados y mi reina rodeada de flores y nuestro cariño. Abuela, con esta última bromita te has pasado, ¡mira que somos cabezotas las dos! Aunque si algo he aprendido de ti y de mi abuelo es que hay que luchar, y seguir, y tener ‘formaliá’. Jamás os iréis de mí. Sois mi casa interna. Mientras yo viva, vuestra memoria y vuestros valores permanecerán. Os quiero para siempre y os doy las gracias por haberme querido tal como soy.

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