Opinión | Desde el umbral
Auriculares
Nos hemos acostumbrado al ruido permanente y el silencio provoca incomodidad

Un joven con su móvil y auriculares.
Los auriculares no son un invento de anteayer. Pero, desde que comenzaron a comercializarse los inalámbricos, su uso se ha extendido de una manera tal que, en determinados entornos y contextos, llegan a contarse más personas con el accesorio inserto en sus pabellones auditivos o situado sobre sus orejas que gente que no lo porta. También desde hace tiempo, la mayoría de los auriculares incorporan micrófono. Y esto hace que sean más versátiles, que su utilidad sea superior, en tanto en cuanto amplía sus posibilidades de uso, permitiendo no solo escuchar sino también hablar para ser escuchado por otra u otras persona. Los auriculares facilitan a cada individuo la escucha de aquello que desee en cada momento sin invadir el hábitat auditivo de quienes le rodean. Es verdad que, si incorporan micrófono y este se utiliza, los comentarios, mensajes de voz o el parloteo de una conversación sí puede interferir en el ecosistema sonoro de quien discurra por nuestro entorno próximo. Pero, en su uso primigenio, resultan favorecedores de la convivencia, dado que permiten que las ondas no invadan el territorio de quien desea mantenerse ajeno a lo que los demás escuchan. También es cierto que los auriculares aíslan a quien los porta y lo abstraen de lo que acontece a su alrededor, pudiendo convertirse hasta en una herramienta de incomunicación y reclusión voluntaria.
Entre unos y otros, a veces uno se pregunta cuánta gente sigue escuchando la melodía del ambiente y de lo que acontece o sucede en rededor, o si alguien sigue disfrutando aún de frecuentes conversaciones atentas y ajenas a las interrupciones que fomenta la tecnología, o de si hay alguien que todavía se detiene a paladear aunque solo sea un instante de silencio
Esto puede ser tremendamente útil en según qué situaciones, pero también indudablemente nocivo o hasta enfermizo si se convierte en una necesidad perentoria para enfrentarse a la presencia o compañía de los demás. Al otro lado de la orilla, encontramos a quienes van con su móvil y sin cascos, radiando todo a los cuatro vientos desde potentes altavoces. No es extraño ver cada vez a más gente joven, y no tan joven, con smartphones pasados de decibelios propagando mensajes personales, temas musicales y la parte sonora de cada vídeo que aparece en la pantalla de su móvil mientras hace scroll por una u otra red social. Entre unos y otros, a veces uno se pregunta cuánta gente sigue escuchando la melodía del ambiente y de lo que acontece o sucede en rededor, o si alguien sigue disfrutando aún de frecuentes conversaciones atentas y ajenas a las interrupciones que fomenta la tecnología, o de si hay alguien que todavía se detiene a paladear aunque solo sea un instante de silencio. Porque nos hemos acostumbrado de un modo tal al sonido envolvente y al ruido permanente que parece que el silencio provoca incomodidad, malestar, tensión y hasta mal rollo.
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