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Opinión | Trazos y travesías

Profe, un libro

Un niño busca entre los libros de una estantería

Un niño busca entre los libros de una estantería

Aparte de impartir docencia directa, el profesorado realiza horas de trabajo complementarias, por ejemplo, guardias para lo que se preste, como cubrir a otros compañeros si faltan. Hace unos días, entré a sustituir a un docente enfermo. Después de pasar lista, me dispuse a encomendarles la tarea que había dejado el profesor ausente. Tras algunas protestas esperables, algunos comenzaron a trabajar. Quienes no tuvieron a bien cumplir con sus deberes, hablaban entre ellos. La charla se cortó de forma súbita ante un gesto peregrino por mi parte: sacar un libro de lectura de la mochila, para más información, era la obra Swing Time, de Zadie Smith. Según ojeaba las páginas, su sorpresa iba in crescendo. Una de las alumnas no pudo continuar silenciando la pregunta que rondaba la cabeza del resto y la lanzó a bocajarro:

─Profe, ¿un libro?

La palabra libro permaneció retumbando en el ambiente con tono de castigo. En segundos, les devolví otra cuestión: ─¿Nunca habéis visto a un profe leer un libro? Me comentaron que sólo le veían cargar con lecturas obligatorias a sus docentes de lengua y literatura, pero nadie llevaba consigo prensa ni libros por placer. «Por placer» ha sido un añadido de cosecha propia.

Las tareas burocráticas que nos asignan se repiten hasta el infinito y durante la jornada laboral las horas resultan escasas para rellenar una cantidad ingente de documentos cuyo contenido nadie parece tener en cuenta. Además, ahora la vida que merece ser mostrada apremia. La semana ya no se entiende como un plantel de rutinas y actividades previsibles, sino que estamos ávidos de aquello que promete romper con los hábitos construidos y nos ofrece una nueva experiencia de la que presumir, cuanto más exótica, mejor.

Mientras los docentes andamos como pollos sin cabeza innovando y emocionando a como dé lugar, vamos relegando antiguas costumbres tremendamente enriquecedoras y culturales como aprender a disfrutar de un libro

Aún recuerdo que, en un instituto anterior, a un alumno le pareció que no era una española de a pie, «de a pie» ha sido otro añadido propio, por cultivar una afición para su gusto bastante rara: ir con un libro a las zonas verdes de mi ciudad. Me apenó comprobar cómo desligan nuestra nacionalidad del tipo de ciudadanía que leería tranquila en un parque.

Mientras los docentes andamos como pollos sin cabeza innovando y emocionando a como dé lugar, vamos relegando antiguas costumbres tremendamente enriquecedoras y culturales como aprender a disfrutar de un libro. Seamos sinceros, aunque ahora resulte que mi generación es la milennial, quienes nos criamos en los 90 sabemos que nuestra etiqueta más apropiada «generación barco de vapor», gracias a las lecturas que nuestros profesores incluían en estanterías en el aula, siempre presentes y accesibles, y las horas que dedicábamos a leer en alto o los préstamos durante las vacaciones. Cómo lo hacían para motivarnos, no lo sé, pero nos bebíamos esas historias: Peluso, Josefina, Fray Perico…

Así, en nuestros institutos, sería aconsejable recordar que representamos el bastión donde se conserva el academicismo para la adolescencia y para el propio profesorado y volver a otorgar valor a los contenidos a la par que las competencias. Me resulta difícil entender lo uno sin lo otro. Quizás lo muy español sea la costumbre de desvestir a un santo para ir vistiendo a otro a tientas y a costa de aparatos y experiencias caras, tanto en nuestras leyes educativas como en nuestras prácticas docentes.n

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