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Opinión | Tribuna

Desde la grada

Campo de fúbtol.

Campo de fúbtol. / EL PERIÓDICO

Ha sido siempre tan habitual y tan normal insultar a los jugadores de fútbol cuando se asiste a presenciar un encuentro, que es una costumbre llenar la bolsa del bocadillo con insultos y palabrotas de todo tipo para llevarlas al campo y lanzarlas, sin piedad, contra jugadores y árbitros cuando llegue el momento apropiado. Nos hemos acostumbrado que, a cualquiera que le apetezca pueda llamar ‘cabrón’, como mínimo, al árbitro del encuentro cada vez que pita una falta en contra de nuestro equipo.

Es un insulto que se utiliza con tanta frecuencia, que casi ha perdido la categoría de insulto. Lo de “cabrón” parece ya más un nombre de pila del árbitro que un insulto o una falta grave de respeto. Luego, a medida que el partido va mostrando un resultado que va claramente en contra de nuestro club favorito, los insultos van subiendo en intensidad y gravedad, y pasan a ser insultados, al mismo tiempo, toda la familia del señor que se encarga de pitar las faltas, o de los que corren por las bandas con el banderín. Y nadie se inmuta lo más mínimo, porque el insulto a los árbitros forma parte de la mochila, como el bocata o la bufanda con los colores del equipo de nuestros amores.

Y, a medida que avanza el partido comienzan a expandirse los insultos por todo el césped, y el ‘cabrón’ e ‘hijo-puta’ dirigidos a los árbitros, pasan a insultos de tinte racista que se lanzan contra los jugadores. Basta que un jugador tenga la piel de un color diferente para que se ceben algunos indeseables en lanzarles palabras tan desagradables y con tanta falta de respeto, que cuesta creer que haya tanta gente que lo oye y ni se inmuta siquiera. Incluso al oírlo se crecen en masa para asegurarse que el insulto haga más daño al jugador. Algunos hasta llegan a justificar todo este tipo de insultos vejatorios aludiendo a que es una simple descarga de adrenalina del espectador desde la grada, desde donde se libera de toda la tensión que le generan los problemas y el trabajo. 

Claro que el problema no es la filosofía barata que esgrimen los que defienden esto de la descarga de tensiones, sino los encargados de velar por la disciplina y el respeto en los campos de fútbol. Una permisividad excesiva contribuye a considerar los insultos como algo que forma parte de cada partido, como los jugadores, los árbitros, el estado del césped o las porterías. 

Hace unos pocos días, escuché una noticia que daban por televisión. Se trataba de un partido de béisbol entre Los Ángeles Dodgers y los New York Yankees. Mientras un jugador de los Dodgers intentaba atrapar una pelota que había lanzado el bateador del equipo contrario, dos aficionados de las gradas le quitaron la pelota que el jugador tenía atrapada en su guante. Escuché en televisión que, de inmediato, ambos aficionados fueron expulsados del estadio de por vida.

Ahora que en los estadios hay cámaras potentes que observan absolutamente todo, deberían localizar de la misma manera a esos espectadores racistas que insultan y pierden el respeto a los jugadores y árbitros, y hacer los mismo que a esos dos aficionados americanos, expulsándolos de los campos de fútbol para siempre. Seguro que así, y no tengo ninguna duda, cesarían, de inmediato, los insultos desde la grada. 

Ramón Gómez Pesado es exdirector del IES Ágora de Cáceres.

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