Opinión | Trazos y travesías
Al olvido

Manos entrelazadas de dos mayores
Excursión a Hervás. Hora de almorzar. No tardo en encontrar una pequeña tasca entre las calles principales del barrio judío. Paso dentro y ubico la mesa de la esquina del fondo, hacia donde me dirijo, mientras un camarero con pinta de hacendoso me sigue. Mientras me voy quitando el abrigo, le pido la carta. En pocos segundos, el joven regresa con ella en la mano. Según se aproxima, intento agudizar el ingenio para inventarle una vida, analizando su paso, la mueca de su boca pálida, los dedos largos y seguramente fríos debido al poco trabajo que parece enfrentar. Nada, no soy capaz de encontrar ninguna característica física que inspire una nueva historia que contar, pienso, declarándome en sequía creativa.
«Un montadito de jamón y la ensalada de la casa, por favor», le pido. El muchacho se aleja y casi choca con un señor bajito con gorra que acaba de entrar. El nuevo cliente se aposta a la barra. Constato que es un asiduo al lugar cuando veo que, sin apenas mediar palabra, le sirven un chato de vino y un cuenco de porcelana rebosante de aceitunas con pinta casera. La conversación no tarda en aparecer. El camarero más mayor, que le ha despachado la comanda adivinada, le pregunta por su mujer. El señor fija la mirada en el vasito y le responde de forma concisa: «bueno, ahí va.» Al momento, añade: «vengo de llevarla al autobús.” El camarero le pregunta que si ha venido a pasar el fin de semana a casa y el señor asiente.
Me invade la urgencia de sacar un trozo de papel y apuntar, por si un día se me olvida, que en el valle del Ambroz apellidan ‘mágico’ al otoño, que los hombres que cuidan, aman, y hablan con cariño de sus mujeres son un sinónimo de ternura
Consciente de estar demasiado pendiente a ellos, saco el móvil y deslizo el menú de noticias sugeridas por Google, sin encontrar nada que capte tanto mi atención como la conversación que tengo allí delante. El hombre, de forma altisonante, sigue contando: «sé que a ella allí no le falta de nada, está atendida, y yo el dinero lo quiero sólo para eso ya, y para tomarme de vez en cuando el chato de vino contigo». El camarero le pregunta si la echa de menos, el señor responde que mucho.
Quedo sorda hacia fuera mientras clavo la mirada en la pared de piedra. Imagino a ese hombrecito más joven, sin gorra, y con una mujer a su lado, más alta y fuerte que él. Les veo en una casa rodeados de hijos y risas y, sin saber qué le ha pasado a ella realmente, asumo que debe haber perdido la memoria y ya no puede estar sola ni con rostros que no reconoce.
Entonces me detengo a pensar en que el alzhéimer debe ser un monstruo para quien lo padece, sin llegar a vislumbrar de forma clara sus limitaciones. También tiene que suponer mazazo dolorosísimo para quienes sufren la consecuencia irremediable de ser borrados del mapa de los días compartidos, dando lugar a la identidad volátil de un rostro sin ayer ni mañana.
De pronto, noto una especie de miedo a perder la conciencia de quién soy y de las cosas, aderezado por cierta hipocondría congénita. Me invade la urgencia de sacar un trozo de papel y apuntar, por si un día se me olvida, que en el valle del Ambroz apellidan ‘mágico’ al otoño, que los hombres que cuidan, aman, y hablan con cariño de sus mujeres son un sinónimo de ternura. Y que no se me da bien inventar vidas intrépidas a los camareros dispuestos, pero todavía puedo seguir intentándolo.
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