Opinión | Nueva sociedad, nueva política
Un penalti, su imagen y la palabra
La palabra resolverá lo que la imagen no puede

Julián lanza el polémico penalti
La película ‘Asesinos natos’ (Oliver Stone, 1994) provocó un animado debate, en el ámbito de la crítica y la cinefilia, cuando se estrenó. Uno de los argumentos de los detractores del filme era que su montaje —muy rápido, con planos de duración muy corta— tenía un componente fascista, pues identificaba al espectador con los asesinos sin dejarle opción a reflexionar sobre lo que estaba viendo.
Bajo los excesos discursivos del argumento subyacía una idea cierta: la imagen tiene la capacidad de «imponer» un mensaje por la fuerza de su pregnancia en el espectador. Tiene, sin duda, un potencial totalitario que se parece más a la fuerza física que al uso de la palabra.
Desde que el fútbol se convirtió en una pasarela de millonarios, empecé voluntariamente a perderle la pista, pero su impacto mediático hace imposible, a veces, sustraerse de sus aconteceres. Quede claro, pues, que escribo esto ajeno por completo a cualquier posicionamiento forofo, a propósito del penalti anulado al atlético Julián Álvarez, la semana pasada.
Ojalá que este intrascendente pasaje de la historia contemporánea del futbol sirviera para explicarle a nuestros jóvenes hacia dónde nos conduce la nueva civilización de la imagen-masa
Una norma reglamentaria impide tocar dos veces consecutivas el balón cuando se lanza un penalti, so pena de ser anulado. Eso es lo que decidió el VAR (Video Assistant Referee: árbitro asistente de vídeo). La polémica se generó de inmediato en torno a una imagen: ¿se había tocado el balón realmente dos veces?
Se trataba, aquí, precisamente, de «imponer» una interpretación de la realidad a través de una imagen. Sin embargo, las muchas tomas existentes, desde diversas perspectivas, incluso a cámara lenta, permiten defender una cosa y su contraria. Aparecía así la cruda realidad de la imagen: su ambigüedad, su polisemia, su incapacidad para representar la totalidad material de una realidad, su falsedad última.
Esto se sabe desde que, en el siglo IV a.C., el filósofo griego Platón, tratando de explicar otra cosa, expuso brillantemente, en su alegoría de la caverna (diálogo con Glaucón en el Libro VII de «La República»), cómo las imágenes no permiten conocer la realidad en toda su plenitud. Sin embargo, la fascinación que generan en nosotros, su indudable utilidad práctica y la belleza con que nos han subyugado a través del arte, nos hacen insistir en un imposible: que las imágenes nos sirvan para comunicarnos socialmente de forma óptima.
De hecho, en esta superficial y anecdótica diatriba por un penalti, y a pesar de la obsesión sobre las múltiples imágenes que permitían a las distintas partes en conflicto imponer su opinión subjetiva, parece haberse concluido que la solución está en la palabra: dialogar para cambiar la redacción de la absurda norma reglamentaria que obliga a anular un penalti, aunque el jugador haya tocado el balón dos veces de forma involuntaria.
Ojalá que este intrascendente pasaje de la historia contemporánea del futbol sirviera para explicarle a nuestros jóvenes hacia dónde nos conduce la nueva civilización de la imagen-masa.
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