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Opinión | Espectráculos

Garcíarromanticismo

Un libro con sus páginas al viento

Un libro con sus páginas al viento

La semana pasada estuvo en Cáceres el poeta Juan Andrés García Román (Granada, 1979), invitado por el Aula Literaria Valverde. Como siempre en doble sesión, el jueves para un público general y el viernes para los alumnos del I. E. S. Norba Caesarina, a los que un par de semanas antes había hablado el escritor José Antonio Llera, formado en Cáceres, ahora profesor en la Autónoma de Madrid.

A los dos ponía en relación José María Cumbreño: «Juan Andrés fue profesor de la Universidad de Extremadura, pero dicha institución, al igual que años atrás había hecho con José Antonio Llera, no supo o no quiso retenerlo. En fin. Como si nos sobrase el talento». Podríamos sumar más nombres, como el del historiador Juan Andrade, hasta hace pocos años compañero de departamento, hoy titular en la Complutense. Tiene razón Cumbreño, y no nos engañemos: en Extremadura, el que destaca despierta sospechas, el diferente suscita temor o desprecio, pero casi nunca se le reconocen sus méritos, como si ello rebajara a quien lo hace. Y así, las almas sensibles que andan en una complicada búsqueda personal con sus altibajos («muchos bajos y pocos altis», como decía el jueves Juan Andrés) prefieren levantar el vuelo hacia climas más acogedores. Aquí se quedan y siguen reinando los rutinarios disfrazados de campechanos, pero que llevan religiosamente el cómputo de las adhesiones y distanciamientos.

En Extremadura, el que destaca despierta sospechas, el diferente suscita temor o desprecio, pero casi nunca se le reconocen sus méritos, como si ello rebajara a quien lo hace

Pese a todo, Juan Andrés recordó con nostalgia Cáceres, sus paseos solitarios por el Parque del Príncipe y su hogar junto a la plaza de Santiago. Su charla fue, en cierto sentido, maravillosa, esmaltada de afirmaciones sorprendentes, como la de quien tiene un mundo muy propio y escribe poemas que, a veces, parece que no hay por dónde cogerlos, pero porque son ellos los que han de atraparte. Desde poemas en ladino, la lengua de los sefardíes, a las anotaciones de un diario o dietario en curso (y en cursi, diría Juan Andrés), pasando por sus poemas de Neorromanticismo, nos hizo partícipes de esa búsqueda de la belleza y del «paese inocente» del que hablaba Ungaretti, y que no pudo encontrar aquí. «Yo, en lo que creo, es en el milagro», y casi nos transmite esta fe. Es bueno saber que continúa escribiendo y esperando el milagro de unas palabras, ahora en su casa familiar de Mecina Fondales, en las Alpujarras, con el mar invisible detrás de las montañas.

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