Opinión | Tribuna
Llamadlos por su nombre
Igual que en los parques de atracciones hay unas limitaciones de estatura para entrar en determinados cacharros o artefactos para evitar accidentes, debería haber en el Congreso de los Diputados (y el en Parlamento de la comunidades) una mínima estatura intelectual y moral para entrar en sus instalaciones
Hoy, en un receso de mi actividad habitual, me ha dado por pensar, ¡qué pérdida de tiempo!, en el petardo o en la petarda que sienta cátedra con sus embustes y paparruchas, o eso piensa en sus ensoñaciones, parapetado tras una red social cualquiera en la que se alivia, como un mono salido, dispersando la semilla de su odio o de su ignorancia para su único deleite. Ignora que los espectadores, en su inmensa mayoría, están dando gracias al universo por no parecerse al desventurado.
El infortunado (utilizaré, en adelante, solo el masculino por aquello de la economía del lenguaje), cuyo beso no despertará jamás a ningún ser durmiente por adolecer del mínimo común múltiplo necesario para estimular aquello que te conecta con alguien, no advierte la ignominia con la que amortiza su existencia y se entregará, más pronto que tarde, al onanismo compulsivo acompañado de la fabulación penosa o del deleite visual del observador encubierto, hasta llegar a la cohabitación de conveniencia, en el mejor de los casos, para tener con quien restar los años hasta que el corazón cese sus latidos.
La moralidad y la sociabilidad (referida, esta última, al tratamiento y la correspondencia de unas personas con otras) son préstamos que te hace la conciencia, y si no cuidas ambos preceptos se marchitarán como una hoja que arrancada del tallo no tarda en arruinarse.
Quien camina por la vida con una sociabilidad apropiada, sin derrochar amabilidades ni adolecer de simpatías, quizá tenga una visión más panorámica de la vida y puede, solo puede, ser la mejor forma existir; al margen, claro está, de la envidia sana que se tiene de quien es capaz de exponer sus afectos con efusividad y proporción, y con el magnetismo que caracteriza a algunas personas dotadas de efluvios casi espirituales. Personajes tales no abundan.
La ajustada moral y la inteligencia emocional te libera de pleitesías; por eso el necio, que adolece de tales valores, pretende compensar su existencia casi inexistente reverenciando la ignorancia. No falta el personaje público que se suma a aquello de que ahora no existe libertad de expresión, y lo dice en prime time mientras utiliza los micrófonos para decir lo que le viene en gana, con toda la libertad de expresión posible, demostrando la falsedad de su aseveración.
Recogepelotas del poder
Otra cosa bien distinta es la moralidad de los escogidos, políticos me refiero, entre los que pululan chupópteros y parásitos cuya nadería intelectual empequeñece más a sus prosélitos que a ellos mismos, dada la nimiedad de sus pensamientos, la simpleza de sus nociones y la chifladura de sus planteamientos. Se erigen en recogepelotas del poder, en perros falderos que acuden raudos a la llamada de su amo y que solo saben lamer a sus dueños desde los tobillos hasta las orejas.
Igual que en los parques de atracciones hay unas limitaciones de estatura para entrar en determinados cacharros o artefactos para evitar accidentes, debería haber en el Congreso de los Diputados (y el en Parlamento de las comunidades autónomas) una mínima estatura intelectual y moral para entrar en sus instalaciones, evitando así que desalmados ejerzan como diputados y se conviertan en profesionales de la nada bien remunerados.
Cuando el embuste anida es las almas manipulables, la verdad por muy contundente que se presente ya tendrá poco asidero en la opinión del que se adhiere al pensamiento fallido. El negacionista o el conspiranoico, orgullosos de sus verdades reveladas, no aceptarán nunca la evidencia científica; más al contrario, considerarán pobres equivocados y manipulados a aquellos que pensamos que la tierra es redonda y que gira alrededor del sol o que el calentamiento global está fundiendo los casquetes polares, más bien son otros casquetes los que se erigen como único objeto de su interés.
Los acontecimientos a los que asistimos, atónicos, en los últimos tiempos, precipitan la diagnosis: el mundo se ha vuelto loco. No hace falta nombrar, son de sobra conocidos, a determinados dirigentes y aspirantes políticos delirantes que son seguidos y vitoreados por personas en teoría racionales, aunque esta afirmación es arriesgada dado que lo racional es todo aquello que tiene que ver con la cavilación, la inteligencia o el entendimiento.
La sociedad, si no quiere caer en el abismo, tiene que encontrar el contrapeso a tanta fruslería mental, a tanto fantoche en grado sumo, a tanto capitoste engominado, a tanto tutumpote acaudillado. Personajes que se pavonean en cualquier sector de la sociedad tanto en el ámbito digital como analógico: en los grupos políticos, en los servicios públicos y privados (y concertados), en asociaciones, en sindicatos, en redes sociales… Es labor de todos localizarlos y neutralizarlos, aplicar el ninguneo y la indiferencia como arma libre de violencia que paraliza y anula al tonto de capirote.
*Alfredo Aranda Platero es docente
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