Opinión | El trasluz
La pájara

Una persona usa el teléfono móvil. / EP
Cuando la policía interviene nuestros móviles o nuestro ordenador, que viene a ser lo mismo, debería tener límites legales a la hora de explorarlos. Lo digo porque el teléfono es ya una sucursal de la cabeza, de modo que entrar en la zona de los guasaps, por ejemplo, viene a ser como invadir el cerebro. Uno se caga mentalmente en su padre muchas veces al día, hay gente que se caga incluso en Dios. Pero lo hace de puertas adentro, motivado por un impulso momentáneo. No significa que haya dejado de querer a su padre o de ir a misa. No, hombre, no. Si hubiera un juez capaz de revisarnos la cabeza (lo que parece que no está muy lejos de suceder), se quedaría espantado ante las cosas que pasan por ella sin que tengan repercusión alguna en la realidad exterior. Y si fuéramos capaces de entrar en la cabeza de algún juez (como el de la tarima), cambiaríamos de nacionalidad.
La cabeza es sagrada porque es inmunda. Hay gente que fantasea con la muerte de sus padres para heredar el pisito, pero continúan amándolos. No es contradictorio amar a una persona y fantasear con que le da un infarto. En ocasiones, cuanto más la quieres, más fantaseas con su defunción. Lo seres humanos somos así, estamos hechos de esa pasta. Pero la mayoría de nosotros, por fortuna, conocemos bien la diferencia entre lo que imaginamos y lo que llevamos a la práctica. Todo se puede imaginar, pero no todo se puede hacer.
Pues bien, he aquí que hemos inventado un aparatito al que transferimos inocentemente parte de lo que se nos pasa por la cabeza. De modo que la autopsia de verdad, cuando alguien se muere, no es la que se le hace al cuerpo, sino la que se la hace al ordenador. Gracias a él, recorremos las últimas páginas web que visitó el difunto, es decir, conocemos sus últimas fantasías, sus últimos deseos. Hacer públicos los guasaps de alguien es como hacer públicos sus delirios más íntimos. O sea, que debería estar prohibido, debería estar regulado, debería intervenir ahí alguien con sentido común que pusiera coto a estas invasiones del alma, porque estamos a dos pasos de hacer realidad lo de la película Minority Report. Yo también pienso que Margarita Robles es una pájara y que se acuesta con el uniforme, pero jamás lo habría dicho públicamente.
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