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Opinión | Blanco sobre negro

Jeta

Gallardo junto a otros diputados del PSOE.

Gallardo junto a otros diputados del PSOE.

Existe la controversia entre los lingüistas de qué idioma es más rico, el caste-llano o el inglés, el inglés o el castellano, ya que no solo es una cuestión del número de hablantes, sino que también es cuestión de valorar el número de palabras de cada uno de ellos y ponderar la riqueza gramatical y léxica.

No seré yo quien tenga el atrevimiento de zanjar dicha discusión, y mucho menos de argumentar en favor o en contra de la RAE u Oxford, pero no es menos cierto que la riqueza de nuestra lengua es indudable e incuestionable, con una gran riqueza léxica, que nos permite un amplio abanico de posibilida-des para ser capaces de describir elementos, acciones, situaciones y compor-tamientos.

Es esa riqueza léxica la que se ha desplegado, en ocasiones con mucho inge-nio, para calificar lo acontecido en las últimas semanas en el panorama político extremeño que ha copado, y sigue copando, la actualidad mediática nacional. Una amplitud de vocabulario, que he de reconocer, que pese a su extensión me es complicado encontrar el término apropiado que recoja todo lo sucedido: obtención de aforamientos a la carta, utilización de instituciones para beneficio personal, sacrificio de compañeros, ceses paralizados…a cada hecho, mayor sonrojo y desconcierto social.

Nadie a su alrededor parece lanzarle un salvavidas, al contrario, todo recuerda a la famosa escena de la película Titanic, donde Rose vio hundirse a Jack en las frías agua del Atlántico. Igual, ese el momento que muchos de los que están a su alrededor en ese PSOE extremeño dividido están esperando que llegue

Si usted aún no sabe a lo que me refiero en estas líneas, le alabo el gusto de haber permanecido ajeno a todo en los últimos días, pero mucho me temo que serán pocos los españoles que no estén enterados de la polémica suscitada por el Secretario General del PSOE en Extremadura, el Sr. Gallardo, obteniendo un aforamiento in extremis para burlar a la justicia ordinaria, pasando por encima de todo y de todos, sin pudor ni vergüenza, sin ética ni principios, intentando vestir a los ojos de la opinión pública de normalidad una situación inédita en la política extremeña y española, pero no todo termina aquí. Ni corto ni perezoso, como si del acto final de una opereta se tratase, sorprendiendo a propios y extraños, anuncia que tras obtener su aforamiento está dispuesto a debatir sobre eliminar los aforamientos. Desconozco si el guión de esta ope-reta habrá sido elaborado por algún músico de cuyo parentesco no quiero acordarme, pero es en este punto de la obra donde me faltan las palabras, los calificativos y sinónimos necesarios para describir todo lo presenciado y vivido estos días.

¿Cómo calificar este aprovechamiento de las instituciones? ¿Cómo describir el sacrificio de compañeros por una causa personal? ¿Qué término es el más apropiado para explicar la sensación de perplejidad con la que vemos cada torpe movimiento del Sr. Gallardo?

Porque es de locos toda esta situación, es inaudito como se retuerce todo, sin límites, sin líneas rojas, sin pudor, sin escrúpulos, sin un sentido de servicio público, que es a lo que se viene a la política. Todo eso ha quedado a un lado para conseguir que el soldado Gallardo se salve. Pero la pregunta es sencilla, ¿tiene salvación? ¿De verdad compensa el momento? Nadie a su alrededor parece lanzarle un salvavidas, al contrario, todo recuerda a la famosa escena de la película Titanic, donde Rose vio hundirse a Jack en las frías agua del Atlántico. Igual, ese el momento que muchos de los que están a su alrededor en ese PSOE extremeño dividido están esperando que llegue.

Pero mientras unos y otros juegan con las instituciones, unos usándolas de madriguera, otros de espectadores ante el espectáculo dado, otros seguimos perplejos buscando como definir este sainete. Igual no hay que ser un letrado del leguaje, ni acudir a los grandes escritores de la historia para conseguir explicar lo que estamos viviendo, igual solo hay que acudir al saber popular y observar las sensaciones que se desprenden en la calle, donde todo el mundo habla, comenta y dice lo mismo. ¡Hay que ser jeta!

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