Opinión | El zaguán de las tradiciones
Los sonidos perdidos de Alan Lomax en Extremadura
No fue un simple folklorista, sino un arqueólogo de lo sonoro, un guardián de voces que el tiempo amenaza con borrar

Jorge Valiente
Como cada tarde, el niño siempre esperaba a que su abuela saliera del comedor y revolviera aquella cómoda vieja llena de fotos y de recuerdos que los hacían viajar a tiempos remotos. El poco viento de esas tardes del verano extremeño traía ecos de historias no contadas, susurros de un tiempo en el que la música no venía de la radio, sino del alma misma de los pueblos.
«Abuela, ¿hoy me vas a contar otra de esas historias de antes?», preguntó el niño, con los ojos brillantes de curiosidad.
La abuela sonrió, ajustándose las gafas. «Claro que sí, mi vida. Hoy te voy a hablar de otro de esos viajeros incansables que, décadas atrás, recorrió nuestra Extremadura buscando un tesoro que preservar. Un hombre que, te diré, no solo traía un grabador, sino el corazón abierto al tesoro de lo efímero. Su nombre era Alan Lomax».

Lomax recopiló un inmenso legado de música y costumbres en 1952-1953. / CEDIDA
«¿Otro como el que me contaste la semana pasada?», inquirió el pequeño. «Algo así, mi niño, pero con su propia manera. Alan Lomax no fue un simple folklorista; era, como me gusta llamarlo, un arqueólogo de lo sonoro, un guardián de voces que el tiempo, ya sabes, amenaza con borrar. Él viajó por el mundo entero, pero nuestra España, y en especial nuestra tierra extremeña, fue uno de los lugares más importantes para su trabajo. Nos dejó un legado de grabaciones que hoy nos permiten viajar en el tiempo a través de la música. Es como si metieras la mano en esa cómoda y sacaras una voz de hace 70 años».
La España de los Años 50
«Mira», continuó la abuela, «para entender bien lo que hizo Lomax, tenemos que situarnos en los años 50. Nuestro país acababa de pasar una guerra y vivía una época de mucha escasez, bajo una dictadura que lo mantenía bastante aislado. A pesar de todo, Lomax, que llegó entre 1952 y 1953, hizo una verdadera proeza. Venía con su equipo, ¿sabes?, gente como Jeanette Bell y, en algunos de sus viajes, incluso nuestra María Teresa León. ¿Y sabes cuál era su gran objetivo? Documentar toda la diversidad de nuestra música popular antes de que los tiempos modernos y la radio, que todo lo iguala, hicieran que estas expresiones tan nuestras desaparecieran».
El alma de los pueblos
«Alan no buscaba solo canciones bonitas, no. Él quería encontrar la esencia misma de nuestra cultura popular, esa que nace del día a día, del campo, de las fiestas», explicó la abuela. «Con su grabadora, que era una máquina que la gente apenas conocía entonces, recopiló de todo. Canciones de trabajo, esas que cantaban los segadores bajo el sol, los pastores con sus rebaños o las lavanderas en el río, y que eran el ritmo de sus vidas. También cantes flamencos y folclóricos: desde la hondura del flamenco andaluz hasta las jotas alegres de Aragón, las muñeiras gallegas o nuestros fandangos extremeños».
«Por supuesto, romances y coplas: Historias antiguas, ¿sabes?, que se contaban cantando, y que viajaban de boca en boca, de generación en generación. Además de música de rituales y fiestas: los sonidos de las procesiones, las bodas, las verbenas de pueblo».
«Lomax recopiló también instrumentos tradicionales: grabó la gaita, la pandereta, ¡hasta la botella de anís o una sartén golpeada! Para él, todo sonido era música».
«Su manera de trabajar era especial. No solo grababa y se iba. Hablaba con la gente, les preguntaba por la historia de cada canción, por el porqué de cada nota. Quería entender el todo, no solo las partes. Por eso decimos que su trabajo fue holístico, que lo miró todo junto, y por eso es tan valioso».
«Y viajó mucho ¿eh? Desde el norte verde hasta el sur soleado, pasando por el centro y nuestra Extremadura. Así pudo ver la inmensa variedad de músicas. A veces ni nosotros mismos conocíamos lo diferentes que éramos de un pueblo a otro. Esas grabaciones muestran un país lleno de una riqueza folclórica asombrosa, única».
En Extremadura y Cáceres: un corazón sonoro olvidado
«Pero déjame que te cuente un poco más de lo que hizo en nuestra tierra», dijo la abuela, con un brillo especial en los ojos. «Nuestra Extremadura, con sus tradiciones tan arraigadas y su manera de vivir tan auténtica, fue para él un lugar clave. Y nuestra provincia de Cáceres... ¡ahí encontró un tesoro! Era un caldo de cultivo único para lo que él buscaba».
«Cuando Alan llegó, se encontró con una Extremadura pura, que a pesar de la posguerra y el aislamiento, mantenía vivas sus costumbres como si el tiempo no hubiera pasado. No había muchas carreteras, la industria era poca, y eso ayudó a que nuestra música y nuestras historias se conservaran tal cual. Cáceres, con sus pueblos de La Vera, el Jerte, Las Hurdes o la penillanura de Trujillo, era un gran mosaico de sonidos ancestrales».
«Lomax, con su compañera Jeanette Bell, se dedicó a recorrer nuestros pueblos y aldeas, ¿sabes? Hablaba con sus habitantes, se sentaba a escuchar. Y así, no solo grababa canciones, sino que también entendía la vida y las gentes que las cantaban».
El chozo de la Quinta del Roble
«Y aquí viene una de las historias que más me gustan», susurró la abuela. «Para que te hagas una idea de lo mucho que se comprometía, una vez Alan Lomax pasó una noche en un chozo en la Quinta del Roble. Aquello no fue una casualidad, no. Él quería vivir de primera mano lo que vivía la gente del campo. Quería sentir esa sencillez, esa dureza, porque de ahí nacía la música que grababa. Fue ahí, compartiendo el espacio, el silencio de la noche, cuando Lomax pudo captar el alma de sus cantos y de sus historias».
«Y de esa noche tenemos una de las joyas de su colección: un romance antiguo, de esos llamados ‘carolingios’, que habla de Fierabrás de Alejandría. El que se lo cantó fue un pastor, Don Juan Campo Barquilla. Dicen que Lomax quedó tan impresionado que su amistad traspasó aquella noche. ¡Imagínate! Años después, por la correspondencia que se mandaban, sabemos que Lomax fue invitado a los toros de Madroñera. ¿Lo ves? No solo grababa, conectaba con la gente».
La riqueza que legó
«Gracias a su trabajo en Cáceres, hoy podemos escuchar canciones de Ronda y Quintos (las que cantaban los mozos en las noches de fiesta, enamorando a las muchachas); música de faena y campo (cantos de siega, de arriero, de varear la aceituna..., la banda sonora de la vida en el campo); romances y tonadas antiguas (historias que nos llegan de hace siglos, transmitidas de abuelas a nietas); música religiosa y de celebraciones (de nuestras procesiones y fiestas de pueblo), e instrumentos tradicionales (desde la guitarra hasta la pandereta, el almirez o la sartén, ¡todo sonaba en sus grabaciones!)».
Música pura, auténtica
«Lo que Alan encontró aquí fue una música que no estaba mezclada con nada de fuera, ¿sabes? Era pura, auténtica. Y aunque Cáceres es solo una provincia, la música de Las Hurdes no es igual que la de La Vera, ni la del Jerte que la de Trujillo. Él supo captar toda esa diversidad. Y algo muy importante: se dio cuenta de que las mujeres eran las grandes guardianas de toda esa música, las que la transmitían de generación en generación. Muchas de las voces que grabó son de ellas».
«En definitiva, la labor de Alan Lomax en España, y en particular en Cáceres, fue mucho más que una simple colección de melodías. Fue como pintar un inmenso retrato sonoro de sus gentes, sus costumbres y sus emociones. A través de sus grabaciones, Lomax no solo documentó el pasado, sino que nos legó una parte viva de nuestra identidad cultural».
La abuela terminó su relato, el trozo de pan con chocolate ya casi devorado por el niño. Lo miró a los ojos, con una ternura infinita. «Y es que, mi niño, como nos enseña la tradición, lo importante no es solo lo que se recuerda, sino cómo se conserva. Y Alan Lomax fue, aquí en Extremadura, un maestro en el arte de salvaguardar el alma de un pueblo a través de sus cantos». El niño asintió, con su mente llena de chozos, romances y viajeros...
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