Opinión | A la intemperie
Palabras
Sobre palabras que quizá no volvamos a pronunciar…

Cocina extremeña
Ahora que los días son más largos me ha ocurrido salir del cine con luz. De cierta penumbra a la luz cegadora de las diez de la tarde. La película, ni fu ni fa. Tiempo ha que no escribo ni fu ni fa. Ni filfa. Ni bicoca. Ni carambola. Mira que está repleto mi taller de herramientas en desuso. O, al menos, que yo desuso. De martingala a mojiganga, y vuelta. La vida tiene las palabras contadas. Y las canciones. Cuenta Gonzalo Torrente Ballester que fue un 24 de junio cuando por primera vez oyó, allá en Galicia, en la playa, junto a una hoguera, cantar Grandola Vila Morena. Intríngulis, noray, patraña... España. Nada más que palabras. Estamos hechos de palabras… y de canciones. Domingo García Sabell, médico que fue de Torrente, para contento de Don Gonzalo, le permitía fumar y hasta le regaló un puro. ¡El médico al paciente! Los dos escritores. Los dos apalabrados. Torrente tenía una úlcera cuando las úlceras daban más tormento. La tenía domada con cataplasmas de astucias y traiciones. Cataplasmas… Ella, a cambio, le tenía preso de hambre. Y así, enfermo y dolido, recordaba Torrente que por estas fechas, por San Juan, las piedras de Santiago se doran y en las junturas de los sillares florecen las verbenas. Y pienso en Salamanca. En sus atardeceres y… en sus palabras. En sus trapas y en sus charros… En mis lígrimos salmantinos, ahora, por San Juan. En su piedra caliente, caliente de vítores y soles. Don Gonzalo y Don Domingo, vaya par de bueyes con los que arar. Y, sin embargo, ya están cubiertas de fusca sus obras, que dirían en Extremadura. Fusca… Extremadura, otra pata del banco de ir viviendo. Extremadura, con sus mijinas y sus piteras. Y las palabras, como los ríos, van a dar a la mar. Torrente, en su diario, dejó escrito que le gustaría cenar, con permiso de su úlcera, una rabanada de pan santiagués, queso, un puñado de higos secos y un vasito de vino.
La mía fue una infancia repleta de birrochas, boronos y chocholos. De palabras. Y de sinsorgos. Y de mojojones. Y de zancarrones. ¿Qué fue de aquellos guisos de zancarrón? ¿Qué fue de quienes los cocinaron? ¿Qué de las palabras que pronunciaron mientras cocinaban? Ya solo palabras idas
Todo es volver a cuando fuimos niños. Al calor de aquel refugio. A las cuatro paredes del asombro de nacer al verbo. Al plato y a las calles. De niño me llevaban a cuchus. El corrector no sabe qué es lo que digo, pero, para el niño que fui, ir a cuchus era exactamente la felicidad. Aunque el corrector no lo sepa. Palabras que me resucitan. La mía fue una infancia repleta de birrochas, boronos y chocholos. De palabras. Y de sinsorgos. Y de mojojones. Y de zancarrones. ¿Qué fue de aquellos guisos de zancarrón? ¿Qué fue de quienes los cocinaron? ¿Qué de las palabras que pronunciaron mientras cocinaban? Ya solo palabras idas. Con úlcera y todo, Torrente fue padre de once hijos; y los sacó adelante con palabras. En el instituto y en los libros. Palabras un tanto en desuso. Palabras que se apagan. Petimetres y chorlitos. Aquí, en Murcia, a las vainas les dicen bajocas y a los guisantes, pésoles. Palabras que son canciones, palabras que me bailan por dentro. ¿Cuántas veces os repetiré? ¿Acaso alguna de vosotras no se habrá ido ya por siempre de mis labios? Antes de que me olvidéis, antes de que os olvide, solo repetiros quiero una vez más… Un último baile. Estamos hechos de úlceras y de palabras. Y canciones. Y, sin embargo, creo que ya es tarde para oír cantar Grandola Vila Morena junto al mar. Galernas y trinquetes. ¿La película? No la recuerdo.
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