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Opinión

La noche de los cristales rotos de Torre-Pacheco

La xenofobia podría jugar en la crisis del sistema actual el papel que en su momento jugó el antisemitismo en la del Estado-Nación, actuando como catalizador del totalitarismo, del mismo modo en que entonces lo fue aquél

La vecina marroquíde Torre Pacheco Kenza Midoun se abraza con una compatriota tras la lectura del manifiesto contra la ola de violencia ejercida sobre los vecinos y vecinas de la localidad por parte de grupos de ultraderecha.

La vecina marroquíde Torre Pacheco Kenza Midoun se abraza con una compatriota tras la lectura del manifiesto contra la ola de violencia ejercida sobre los vecinos y vecinas de la localidad por parte de grupos de ultraderecha. / Marcial Guillen-Efe

Pese a lo que Karl Popper llamó «la miseria del historicismo», o imposibilidad de predecir con precisión el devenir de los acontecimientos mediante su análisis científico, sí cabe identificar tendencias que la experiencia histórica permite relacionar con consecuencias ya sufridas anteriormente en un pasado no muy lejano, siendo esa experiencia histórica la que desenmascara tendencias totalitarias, sea cual sea su signo, fascista o comunista.

Para un análisis de la misma cobra especial interés la obra de Hannah Arendt, ‘Los orígenes del totalitarismo’, cuyo primer tomo se ocupa del antisemitismo moderno o decimonónico. Entre sus muchas conclusiones esclarecedoras, máxime en un contexto como el actual de Gaza, destaca la de considerar que la principal consecuencia del antisemitismo no fue el nazismo, sino el sionismo. Pero cabe traer a colación también las palabras de Tocqueville sobre el odio contra la aristocracia experimentado durante la Revolución Francesa por los más exaltados, al crecer justo en el momento en que, pese a perder su poder de influencia, no perdió inmediatamente su fortuna («la riqueza sin función visible es mucho mas intolerable, porque nadie puede comprender por qué debería tolerarse»), lo que puede conectarse con la animadversión que parecen experimentar los que establecen un agravio comparativo con el inmigrante, viendo en él un freno, cuando no una amenaza, para su propio progreso.

De ser así, la xenofobia podría jugar en la crisis del sistema actual el papel que en su momento jugó el antisemitismo en la del Estado-Nación, actuando como catalizador del totalitarismo, del mismo modo en que entonces lo fue aquél.

Con semejantes antecedentes, cuesta no concebir Torre-Pacheco como un ensayo de pogromo en pleno siglo XXI, o de la mismísima «noche de los cristales rotos», ya que en ambas ocasiones se utilizó como pretexto una acción violenta (entonces el asesinato de un diplomático alemán por un joven judío), para desencadenar una ola de violencia premeditada; el mismo modus operandi.

Con semejantes antecedentes, cuesta no concebir Torre-Pacheco como un ensayo de pogromo en pleno siglo XXI, o de la mismísima «noche de los cristales rotos», ya que en ambas ocasiones se utilizó como pretexto una acción violenta (entonces el asesinato de un diplomático alemán por un joven judío), para desencadenar una ola de violencia premeditada; el mismo modus operandi

Elementos, como se verá, más que suficientes para establecer paralelismos que pueden hacer saltar todas las alarmas, si bien hay que huir del mono-causalismo y de lecturas dicotómicas basadas en un planteamiento metódico simplista, que reduce a su mínima expresión problemas complejos que requieren soluciones matizadas. Actitud que no debe extrañar en sociedades caracterizadas por la inmediatez propia de la llamada ‘modernidad líquida’, en palabras de Zigurt Baumann, auténtico caldo de cultivo para dicha actitud peligrosamente simplificadora.

Una cosa es el pueblo, en el que reside la soberanía nacional, y otra bien distinta el populacho, que no es más que una caricatura de aquél, sin legitimidad alguna cuando incurre en semejantes acciones alentadas por fuerzas políticas interesadas; ya que puede constatarse una relación directa entre discursos xenófobos y cambios significativos en la opinión pública. En este sentido, resulta ilustrativo cómo creció el verano pasado la preocupación por la inmigración tras las declaraciones xenófobas de todo un Secretario del PP.

Por consiguiente, son dos las actitudes posibles a la hora de encarar la cuestión: sostener discursos inclusivos, o sostener discursos excluyentes, que magnifican falsamente el problema, puesto que los datos desmienten la relación de causalidad y la generalización en que incurren los principales exponentes de las derechas.

De este modo, se manifiestan los partidos políticos más xenófobos como susurrando en el oído del populacho que la causa de todos sus males es el inmigrante más vulnerable, mientras que, por otro lado, defienden medidas como la bajada del salario mínimo interprofesional u otras perjudiciales para la clase trabajadora.

El miedo es libre, pero a veces es tan libre como irracional.

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